Epopeya roja, elegía albiceleste
La segunda estrella española se escribió sobre las ansias del bicampeonato argentino
Vigo se puso de gala para ser el escenario de la batalla, con representantes de los dos países concentrados a poco más de un kilómetro de distancia. El claxon de los coches y las vuvuzelas, de grato recuerdo para muchos, companían la sinfonía con la que la ciudad olívica daba aliento a los suyos. Bombo, platillo y trompeta, como mandan los cánones de aquellos forjados en los potreros, eran la melodía de los doscientos argentinos que añadían el color blanco a la siempre celeste Eugenio Krapf.
Como en tiempos propios de la pandemia, ni un alma por las calles pasadas las ocho y media de la tarde. Ni el sonido de la brisa se manifestaba. Media hora restaba para que Slavko Vincic encabezase un fair-play histórico para el fútbol mundial. Castrelos latía al son de la Marcha Real. Balaídos perdía la voz con la lírica de Vicente López y Planes.
La marea humana que plagaba las gradas del auditorio natural se desgañitaba con cada balón dividido y celebraba cada saque de banda y esquina favorable. Los corresponsales de Scaloni en Vigo, con sus vigentes campeones, del mismo modo. Cada uno de los cuatro cuartos de la gran final encendía más y más a las dos hinchadas, que tendrían que aguardar a la prórroga para ver quién lloraría de alegría y quién caería en manos de la tristeza.
Nico Williams provocaría una explosión con corte inmediato en el alargue. Castrelos se llevaba los brazos a la cabeza de incredulidad, Balaídos respiraba de alivio por la anulación.
23:41 horas. La furia roja rugía como nunca. La zurda de Ferran Torres acababa de romper el muro argento y enebraba la aguja, con hilo dorado, para coser la segunda estrella. El estruendo se escuchaba en el silencio sepulcral de un pueblo argentino que no encontraba palabras de análisis y rogaba a sus dioses, Maradona y Messi, por forzar la suerte de los penaltis.
00:00 horas. Puntual en la medianoche, para empezar el reinado de cuatros años. Los tres pitidos finales destaban la locura en el país de la fiesta y el flamenco. España era bicampeona del mundo y el “2010” escrito en el corazón de muchos recibían, entre abrazos e histeria colectiva, a “2026”. La tristeza, el desencanto y el lamento de los tangos acompañaba a la marcha cabizbaja de pibes rotos y desolados.
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