Un infierno paradisíaco junto al río Miño

Balonmano | Copa Europea

A Sangriña, llena a reventar, apretó como nunca para ayudar al Guardés a alcanzar la tierra prometida en Europa en una tarde histórica e inolvidable

Al finalizar el encuentro las jugadoras del Atlético Guardés quisieron agradecer el apoyo de la peña O Inferno y ocuparon su espacio en la grada de A Sangriña para ser ellas las que animasen a sus aficionados que las aplaudían desde la cancha.
Al finalizar el encuentro las jugadoras del Atlético Guardés quisieron agradecer el apoyo de la peña O Inferno y ocuparon su espacio en la grada de A Sangriña para ser ellas las que animasen a sus aficionados que las aplaudían desde la cancha. | Jorge Santomé

Existen los paraísos avernales, igual que los hades elíseos. Un regalo puede ser envenenado o la sarna con gusto no pique. Una victoria amarga. Una bendita condena. En esa deliciosa dicotomía contradictoria se mueve hace años el Guardés. También su afición, disfrutona como ninguna en las buenas, fiel hasta la saciedad en las malas. Y de estas hubo unas cuantas, con tres finales perdidas desde 2022. Pero a la cuarta fue la vencida. A la segunda en Europa. Y a la primera, en lo que respecta a inaugurar el palmarés continental del balonmano gallego. Histórico.

Lo cierto es que al cielo se llegó por O Inferno. El pabellón y la incansable peña de animación del colectivo miñoto. La primera unión de la tarde brotó a eso de las 17:30, cuando el equipo arribó a A Sangriña en medio de un espectacular recibimiento. Cánticos, bengalas y abrazos para dar suerte. La algarabía continuó fuera, mientras dentro comenzaba la concentración. Dos caminos distintos, pero unidos hacia el mismo destino. Coherentes contradicciones.

Ya desde el calentamiento, la caldera empezó a subir la presión. No entraba un alfiler en A Sangriña desde una hora antes del pitido inicial. La peña llevaba la voz cantante en la animación. Todo el pabellón iba detrás. El ruido eran tan ensordecedor que apenas se escuchaba la música moderna por la megafonía. El tiempo corría y así lo reflejaban los dos marcadores. Uno, el habitual, el más cercano a la puerta de acceso. Otro, recién comprado para la ocasión por exigencias de la EHF, en la portería contraria.

“Orgullo dun pobo”. Así rezaba el precioso tifo que recibía a las jugadoras en la presentación previa, con cada deportista saliendo a la pista entre cañones de fuego. Como si la tarde fuera fresca. En medio de ese ruido máximo arrancó el encuentro. El calor ambiental superaba al meteorológico. Y no era fácil ayer. Pero el pabellón completo no dejó de animar. Necesario. Los nervios de los primeros compases se dejaban notar en la pista y, aunque fueran por dentro en la grada, había que disimularlos para apoyar a las suyas.

Fueron los únicos compases de inquietud. Porque el primer tiempo muerto de Ana Seabra dio paso a ese parcial de 6-0 que resolvió la final. Cada gol se gritaba con el alma. Cada parada de Balznic se celebraba con el corazón. Cada segundo se atesoraba como si fuera la última vez que fuera ocurrir. No tiene porque ser así. O sí. Por eso, los aficionados lo vivían al máximo.

Y si quedaba algún resquicio fatalista, desapareció por completo en la segunda mitad. Pronto entró la final en estado de trámite en la pista. De espera para que las jugadoras del Guardés gritasen campeonas. En las bancadas no había espacio para formalidades. Los cánticos se sucedían, igual que los goles. A Rianxeira entró en escena. El tifo volvió a escena y los sentimientos fluyeron. Con el pitido final, el estallido. Chillar, saltar, abrazarse. También alguna que otra lágrima. Y la gloria máxima, cuando Sancha levantó el trofeo al cielo. Un cielo por encima de los 30 grados en A Sangriña. Un infierno paradisíaco en el que un pueblo y su equipo escribieron juntos la historia del balonmano gallego.

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