El Celta y su propia Odisea
baloncesto
La victoria celeste en Melilla requirió 72 horas de viaje por la cancelación de un vuelo que provocó un cambio de horario del partido y un regreso a casa dividido en dos grupos
Cinco meses antes del estreno de la película de Christopher Nolan y 2.900 años después de que Homero escribiese la obra original, el Celta Femxa Zorka vivió el pasado fin de semana su Odisea particular. Para igualar en Melilla el récord histórico del club de 18 victorias consecutivas, el equipo celeste tuvo que pagar el precio de un viaje de casi 72 horas, 2.664 kilómetros, seis vuelos -con la expedición dividida en dos grupos para la vuelta-, cancelaciones, cambio de horario, madrugones y gestiones frenéticas para reordenar transportes, pernoctaciones y comidas.
Y aunque el conjunto vigués no tardó 20 años en volver a casa como Ulises -10 de la Guerra de Troya (el último se cuenta en la Ilíada) y 10 de regreso a Ítaca (se narran en la Odisea)-, sí tuvo que afrontar tres días difíciles de olvidar. Todo comenzó en la madrugada del viernes al sábado. El despertador sonó a las 4:00 para poder estar en Navia a las 5:00. A las 6:30 despegó el avión hacia Madrid. Sin problemas.
El asunto empezó a torcerse en Barajas. El vuelo que debía trasladar a la expedición a Melilla a las 12:00 se canceló a las 9:00 por los fuertes vientos que azotaban la ciudad norteafricana. Es entonces cuando empiezan las gestiones. Los teléfonos de Carlos Colinas -en Vigo- y de la delegada Silvia Caíño echaban humo. La primera idea era aplazar el choque, previsto para las 12:00 del domingo. Lo complicado era encontrar dónde ubicarlo en medio del apretado calendario. Paralelamente, se trató con el club local la posibilidad de retrasar unas horas el partido al tiempo una vez que se recolocó a la expedición en el vuelo de las 7:40 del domingo. Sin ningún problema. El Melilla puso todas las facilidades y el choque se pasó a las 19:30. Para ese entonces, el sentir general había virado: “Ya que estamos aquí, vamos y nos lo quitamos de encima”.
El cronograma
Sábado
4:00: Suena el despertador.
6:30: Sale el vuelo de Peinador a Madrid.
9:00: Se cancela el vuelo a Melilla. Empiezan las gestiones sobre el partido, vuelos de vuelta y hotel.
13:30: Traslado al hotel. Luego, salida a comer.
16:30: Siesta. Después, trabajo físico en el gimnasio.
22:00: A la cama tras la cena.
Domingo
5:30: Suena el despertador.
7:40: Sale el vuelo de Madrid a Melilla.
10:30: Llegada al hotel.
13:30: Comida tras paseo.
19:30: Empieza el partido.
21:20: Acaba el partido. Décimo novena victoria de la temporada.
22:00: Regreso al hotel, cena y a la cama.
Lunes
12:30: Traslado al aeropuerto.
15:00: Sale el vuelo del primer grupo. De Melilla a Madrid.
19:00: Sale el vuelo del segundo grupo. De Melilla a Madrid.
20:45: Con más de una hora de retraso sale el vuelo del primer grupo. De Madrid a A Coruña.
22:30: Sale el autobús del primer grupo de A Coruña a Vigo.
23:35: Con más de una hora de retraso sale el vuelo del segundo grupo. De Madrid a A Coruña.
0:50: El primer grupo llega a sus domicilios.
1:00: Sale el autobús del segundo grupo. De A Coruña a Vigo.
3:30: El segundo grupo llega a sus domicilios.
A la vez, tocaba encontrar billetes de regreso para el lunes. La única solución pasaba por dividir a la expedición en dos grupos y volar a A Coruña vía Madrid. No había otra. Pero, a golpe de sábado, esa adversidad quedaba muy lejos. Cada problema, a su tiempo.
A las 13:30 se produjo el traslado a un hotel cercano a Barajas. Para esa hora, la cocina estaba cerrada y el equipo solo pudo recibir un tentempié. Hubo que salir a buscar donde comer. Luego una buena siesta, trabajo de activación y movilidad en el gimnasio, cena y pronto a cama. Al día siguiente tocaba diana a las 5:30.
Y tocó. A las 7:40 había que despegar hacia Melilla, donde el avión tuvo un aterrizaje movido a las 9:00 entre el viento y la escueta longitud de la pista. De nuevo, maletas y enseres para otro traslado al hotel melillense. Los ánimos se mantenían altos. Más aún con la cercanía del partido. Un café, un paseo, la comida, últimos detalles y al pabellón. Había que activarse, que enfrente estaba el cuarto clasificado. No fue nada fácil, pero cayó la 19ª y se igualó el récord de las 18 seguidas. Lo más importante estaba hecho.
Quedaba volver a Vigo el lunes, que también tuvo su miga. Desde las 12:30 en el aeropuerto de Melilla, el primer grupo, compuesto por las jugadoras extranjeras, Marina Gea, Martina Vizmanos y Deva Bermejo salió hacia Madrid a las 15:00. El siguiente hacia Coruña tuvo un regalito en forma de un retraso de más de una hora. Partió a las 20:45. Casi a la vez que aterrizaba el que traía al segundo, con el cuerpo técnico y las canteranas, del norte de África. Para no hacer diferencias, su vuelo hacia la ciudad herculina también se retrasó una hora y despegó a las 23:35. En ese momento, el primer colectivo llevaba una hora en la carretera, camino a Vigo. Sus miembros llegaron a sus casas al borde de la 1:00, poco antes de que el segundo autocar saliese de Alvedro. Técnicos y canteranas abrieron las puertas de sus domicilios a eso de las 3:30, casi tres días exactos después de abrirlas para que el Celta afrontase su propia Odisea.
“Solo decíamos tonterías del desquicie que teníamos”
Dos días después de llegar a casa por fin, Cristina Cantero empieza a reírse de la odisea celeste. “Tuve que darles el martes libre, si no me matan”, bromea la entrenadora cordobesa, que recuerda como la mente empezaba a bailar en la última escala en Madrid, el pasado lunes. “Solo decíamos tonterías del desquicie que teníamos. Es un punto de cansancio, en el que entras en bucle y no sabes ya qué hacer”, reconoce. “Son cosas que forman parte de la convivencia, de saber estar, de adaptarte a las circunstancias. Y en ese aspecto, el grupo se comporta muy bien. Estoy muy orgullosa de ellas”, añade.
Esa es la conclusión. Sin embargo, en el camino hubo dudas, miedos y mucho estrés que no se verbalizó demasiado. “Al menos, a mí no se me quejaron mucho”, explica la entrenadora del Celta, que señala a su delegada, Silvia Caíño, como la perfecta apagafuegos. “Lo gestionó todo súper bien”, puntualiza. “Las jugadoras entendieron que la situación no era fácil y todo el mundo tuvo ese punto de paciencia aunque por dentro estuviéramos pensando ‘madre mía’. El equipo se lo calló y tiró hacia adelante”, resume Cantero ya recuperada de la epopeya y con otra historia que sumar al zurrón de las experiencias.
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