Si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza

Miles de aficionados del Celta recibieron al autobús del equipo a su llegada a Balaídos para luego disfrutar de una previa corta por las ganas de entrar al estadio

Las bengalas generaron una densa humareda.
Las bengalas generaron una densa humareda. | Jorge Santomé

Nunca se sabrá qué cosa fuera la maza sin cantera ni el partido de ayer sin el 3-0 de Friburgo. Pero como no hay mal que por bien no venga, el celtismo no se quiso preguntar qué haría si no creyera en el delirio. Lo que pasó después en el campo, en el campo se queda. Pero las dosis de esperanza que se plantaron tras el revés en Alemania y que se regaron a lo largo de toda la semana brotaron ayer en Balaídos tras la floración del miércoles en el hotel de concentración del Celta. Desde su llegada al estadio, Claudio Giráldez y sus futbolistas sintieron en la piel que no iban a estar solos en la encomienda de convertir el sueño en realidad.

Así, los celtistas se contaban por miles en la explanada de Tribuna. Ya habría tiempo de rezar oraciones, recitar sutras, lanzar cabezas de ajos o comprobar que los calzoncillos de la suerte estaban bien fijados bajo el pantalón. Cada quien con su fe. Cada cual con su liturgia. Todos bajo el mismo credo. El del Celta. El que explotó cuando el autobús apareció a la vista de los creyentes. Todo ese amasijo hecho de cuerdas con tendones, de bufandas con banderas, de celeste con celeste, se convirtió en un revoltijo de carne con madera, de canciones con golpes al autobús, del fuego de las bengalas con el fuego del corazón. "¿Qué iba a hacer si no creyera en la esperanza?", pensó más de uno.

Bien pensado. Porque la mezcla de disgusto con orgullo la calibró cada cual según su propia fórmula. Pero esos momentos previos de catarsis colectiva nadie los roba. Como los viajes, que la mejor parte es prepararlos. Como las vacaciones, que su mejor día es el último de trabajo antes de cogerlas. Como ese sueño que paladeaste al abrir los ojos y cuando estás desayunando ya no puedes recordar. En esos compases, la remontada no solo era posible. Era un hecho.

Los celestes y los aficionados del Friburgo gozaron de la cerveza galaica antes del duelo

Semejante subidón solo tenía una leve pega: la hora y media larga que faltaba para el pitido inicial. Todo ese humo en la garganta, todos esos gritos desgarrados, todo ese chorro de voz precisaba de una correcta hidratación compensatoria. Aunque en los alrededores de Balaídos no hay un bendito jardín de la cerveza como el del centro de Friburgo, los establecimientos de los aledaños regaron con el zumo de cebada a los aficionados de celeste y también a los llegados de Alemania, que sacaron a relucir su afición por el líquido dorado con una degustación de los caldos galaicos. Satisfactoria, a tenor de las opiniones recabadas.

La preparación transcurrió tranquila. En calma. Como una pausa antes de la batalla en la que tocaba eternizar los dioses antes del ocaso para servir remontadas como la de la Juventus o el Aston Villa del pasado en copa nueva. Júbilo hervido entre cañas y bufandas. Pero rápido. Porque la cita era mayúscula y mejor esperar dentro que fuera.

De este modo, no quedaban más resplandores que lucecitas montadas para escena. Por eso, con el tiempo amplio desde el recibimiento al comienzo del choque y, desde luego, por la importancia del envite, la previa no se alargó tanto como suele ser habitual. Pronto, muy pronto, los aficionados comenzaron a poblar las gradas de Balaídos. Si ellos no creían en su camino y en su sonido, quién lo iba a hacer. No, desde luego, en un silencio que no existió nunca en el coliseo vigués y en su entorno.

Luego empezó el fútbol y pasó lo que pasó. Todo tipo de emociones volvieron a brotar dentro de Balaídos, pero eso ya es harina de otro costal. O texto de otra página. Hasta entonces y después de ello, nadie le va a poder quitar lo bailado a los miles de celestes. Ni su delirio. Ni su esperanza.

Contenido patrocinado

stats