Muerte y vida en Balaídos
El día del recuerdo a los fallecidos, el estadio del Celta reunió a 21.000 personas
El día que el Celta eligió para honrar a sus muertos del pasado año se cerró con una celebración de vida. Nada antinatural. El final como parte de un todo. La memoria como gasolina para el futuro, como razón de ser de un sentimiento colectivo que se alimenta cada día pero que tiene su fundamento en tarde-noches como la de ayer en Balaídos. Triunfos que no son historia pero que forman parte de la historia.
Comenzó la tarde con un acto íntimo, como lo definió la consejera Xisela Aranda, que ejerció de maestra de ceremonias. Medio centenar de celtistas se acercaron en ese momento a presentar sus respetos y sus flores. Una iniciativa que nace con vocación de continuidad, como cita anual para tomarse unos minutos en recordar a aquellos celtistas perdidos en los últimos doce meses. Pidió la consejera que el recuerdo se viviese con alegría, tal vez como preludio de lo que estaba por venir.
La primera gran noticia de la tarde es que, pese a ser un partido a golpe de miércoles, las fechas navideñas ayudaron a que se diese la segunda mejor entrada de la temporada, superando las 21.000 personas. Sin demasiadas razones futbolísticas, el celtismo volvió a dar una muestra de fe.
Hubo ánimos durante todo el duelo y explosión de júbilo final con el tanto del joven Swedberg. El descuento, que tanto ha dolido en los últimos tiempos, dio una alegría de corazón. Y propició otra historia de celtismo que contar mientras estemos vivos; para cuando estemos muertos
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