Hornillo, no infierno

El celtismo festejó en un estadio ruidoso acallado por el fútbol

Carcamáns y Pepa a Loba, hermanados en las gradas del Toumba.
Carcamáns y Pepa a Loba, hermanados en las gradas del Toumba. | Cedida

Apuntan las crónicas clásicas que jugar en Grecia es jugar con fuego. Porque el carácter mediterráneo de los helenos transforma los estadios en un suplicio para los visitantes. Y tal vez fuese así; o tal vez siga siendo. Pero el Celta y el celtismo demostraron ayer que no hay nada que el buen ánimo y el buen fútbol no aplaquen.

De entrada, no espolea demasiado saberse parte de la expedición europea menos numerosa de la temporada celeste. Porque uno puede temer quedarse con cara de tonto por hacer un esfuerzo que otros esquivaron ante la resolución final en Balaídos dentro de una semana. Pero cuando la tarde se da como la de ayer, ese temor se transforma en un orgullo sin pecho que llegue a su tamaño. Porque los presentes pasan a ser los elegidos que, un 19 de febrero de 2026, vieron a su equipo ganar en Salónica, convirtiendo el supuesto infierno en un hornillo. Ruidoso, eso sí, pero no quemante.

El primer paso para la deseable buena sintonía entre aficiones debe ser la buena sintonía entre clubes. Forjada en el contacto humano y en acciones como el recuerdo que el Celta brindó a los siete seguidores del PAOK fallecidos en el desplazamiento hacia Lyon de la última jornada de la fase liga. La presidenta, Marián Mouriño, encabezó la comitiva ante la afición de un conjunto local que luce en sus camisetas la asociación de síndrome de Down en Grecia. No hay tal infierno.

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