El Celta conquista la morada de los dioses

PAOK 1-2 Celta

Una primera parte divina fraguó un triunfo en casa del PAOK de Salónica que acerca a los célticos a octavos

Los jugadores celebran el primer tanto, obra de Iago Aspas a pase espectacular de Miguel Román.
Los jugadores celebran el primer tanto, obra de Iago Aspas a pase espectacular de Miguel Román. | UEFA

Salónica es la capital de la Macedonia, región griega de pujanza económica en la actualidad y preponderancia histórica en la antigüedad. Allí, en la tierra de Alejandro Magno. Allí, en la puerta de acceso a la morada de los dioses. Allí fue donde el Celta ejerció de conquistador para tomar el Estadio Toumba, inexpugnable durante todo un año. Una primera parte brillante, con Miguel Román muy activo, Javi Rodríguez sujetándolo todo y Iago Aspas, inmortal, a solo 90 kilómetros del Monte Olimpo, donde viven sus doce congéneres. En la segunda, tocó sufrir un poco, con un gol anulado a Jutglá por fuera de juego que precedió a otro validado a Jeremejieff en posiciones similares. Pero, a expensas de lo que suceda en Balaídos el próximo jueves, la victoria es un primer paso hacia octavos. Solo un sorbito de ambrosía. Pero qué bien sabe.

Y eso que el partido empezó como un mar en calma, de esos que Poseidón relaja o agita a su discreción. Ambos equipos jugaban sabiendo que este partido es a 180 minutos y no había necesidad de precipitarse. Descartada, por tanto, la posible salida en tromba, era cuestión de madurar. De esperar por la luz. Y en el Celta, por los siglos de los siglos, la que más alumbra es la de Iago Aspas. Como el sol del dios Apolo. La deidad de la música y la poesía inspiró al morracense para que brindase un pase divino a Swedberg. El sueco encontró la doble respuesta de Tsiftsis. Primero, con una parada abajo en el primer palo. Segundo, con una respuesta fulgurante que cerró el camino hacia el gol del atacante nórdico.

Ese casi resultó ser el principio del todo. Porque el conjunto celeste se asentó y empezó a gobernar el duelo a partir de la pelota. Buenas presiones orientadas a la derecha para obligar al juego largo local y salir airosos en los duelos con Román, Ilaix, y los tres centrales. Como Ares en cualquier guerra. En una de esas acciones ganadas arriba, esta vez por Javi Rodríguez, la pelota le cayó al mediocentro gondomareño, que se inventó un fabuloso pase de tacón para Aspas. Un mensaje que ni Hermes enviaría mejor. Con el morracense de frente a la portería y la pelota en su pie izquierdo, el desenlace fue el de toda la vida. Gol, carrera y dedo a la cruz de Santiago de su pecho mientras miraba a los célticos en la grada.

Para ese entonces, Carreira y Mingueza ya se habían cambiado de bandas para que el catalán se juntase con el moañés como esos matrimonios tan bien avenidos que bendice Hera. Su sociedad era un engranaje más de una maquinaria tan bien engrasada que parecía pergeñada por Hefesto en su fragua. Y más en ese tramo final de la primera parte, brillante, que acabó de la mejor manera. Porque en una transición volvió a surgir Román para filtrar a la profundidad hacia Swedberg. El sueco abrió a la derecha para Aspas, que centró con la derecha para que, en una suerte de pared bendita, el nórdico remachase a la red. Dionisio sonreía ante semejante borrachera de fútbol. La fiesta ya era completa.

Aún quedaba la segunda parte, pero la ruta hacia el Olimpo estaba perfectamente asfaltada. Aunque el PAOK también tenía cosas que decir. Como herederos de Alejandro Magno, los locales ofrecieron batalla en una vuelta de vestuarios que dio con los huesos de los célticos demasiado cerca de su portería. Tocaba juntarse y apretar. Javi Rodríguez surgió como columna jónica, dórica, corintia o de Poio. Se hartó de cortar balones y jugarlos con inteligencia mientras Marcos Alonso y Starfelt lucían a buen nivel.

Quedaba rematarlo. Y viendo lo adelantada que estaba la defensa griega, Claudio metió verticalidad con Rueda y con Jutglà. Poco después, refrescó el ataque con Hugo Álvarez y un Fer López que relevaba a Aspas. El príncipe por el rey. Las buscadas transiciones no tardaron en aparecer. El Celta salía en estampida, como en una cacería. Pero a diferencia de las flechas de Artemisa, las suyas estaban romas. Aun así, Fer y Hugo tuvieron sus ocasiones. En un tiro del ourensano, que parecía que podía entrar tras la parada de Tsiftsis, Jutglá remachó a gol. Pero la acción estaba anulada. Era fuera de juego.

Inmediatamente después, en la otra portería, Jermejeff remató al vuelo un precioso pase de Zivkovic. Aunque Radu tocó, la pelota entró. Luego, el VAR se inhibió cuando la posición del ariete sueco parecía adelantada. No ha lugar.

Quedaban 13 minutos y cualquiera podía pensar en que ese tanto iba a fertilizar el ataque del PAOK, como cuando Deméter hace brotar las flores. Pero no fue así. Mucho merodear y poco picotear. El conjunto vigués supo manejar esos compases finales con la inteligencia de Atenea. Solo un tiro de Zivkovic anudó la garganta del celtismo al irse fuera por el lateral de la red. Nada más. El partido concluyó con una inaudita tranquilidad en el, presuntamente, temible Hades griego. El Celta dio un paso junto a la morada de los dioses. En una semana le queda dar el otro en la suya. Que así se haga, por la gracia de Zeus.

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