Balaídos se harta de derrotas

El Celta cae ante el Girona (0-1) en una semana nefasta: tres partidos en casa, tres derrotas. La afición muestra su enfado y hartazgo con un masivo grito de “¡Benítez, vete ya!”

Publicado: 29 ene 2024 - 01:00 Actualizado: 29 ene 2024 - 09:37
Los jugadores del Celta, abatidos al finalizar el encuentro frente al Girona con otra derrota.
Los jugadores del Celta, abatidos al finalizar el encuentro frente al Girona con otra derrota.

Semana horribilis. Otra derrota más. Otro casi empate, que casi escuece más. Un capítulo más de una historia a la que, demasiadas veces, cuesta imaginar un final feliz. Como esos dos operarios que, voluntariosos, salieron en el descanso a picar un campo desvastado. Dos queriendo parar una avalancha. La metáfora del césped como trasunto del equipo ya empieza a parecer un chiste. El Girona, sin alardes de líder, se fue con los tres puntos que, por número de ocasiones, pudo ser uno solo. Pero resulta que cada partido no es un todo, sino parte de una tendencia. Y ahí, el rival de ayer golea al delicado, enfermo, bloque celeste.

La balleta se estruja. Siempre hay una gota más. La estiras y la vuelves a arrugar. Le das la vuelta. Y estrujas. Para sacar el máximo posible. Dejándose las manos si es preciso. Este Celta está muy manoseado. Entre sus manos, Rafa Benítez tira de casi todo su repertorio, tratando de ocultar errores primero y de explotar virtudes después. Por eso, lo que antes era imposible, cuando ya vas por quinto o sexto estrujamiento, se vuelve posible. Aspas, Larsen y Douvikas ya pueden jugar juntos. No sin sacrificio extra de los tres, que tienen que lidiar con la exigencia de acertar después de haberse dejado los cuernos por cada balón.

Cuando las sensaciones son malas, necesitas un poco de autoengaño. Está bien empujar desde el once pero si la salida al campo es todo lo contrario a explosiva, invitas al rival a jugar. Y a este Girona le agrada, lo estima. La confianza soporta hasta terrenos de juego infames. Lo que parece imposible en los pies propios, hilar pases, es realidad en los ajenos. Además, los cambios tienen el problema de que necesitan ajustes trabajados. Porque el conjunto catalán, que vive de banda en banda, logró sacar ventajas por su punto fuerte. Dovbyk amenazó de entrada con un par de cabezazos, el segundo de ellos, en un córner, exigiendo al máximo a Guaita, que estuvo.

Aspas y Tapia reclamaban a los suyos pisar campo rival en la presión. Sus compañeros, temerosos, se decidieron y los frutos aparecieron pronto con un robo que evolucionó hasta convertirse en remate desde el borde del área de Mingueza. Gazzaniga también estuvo. Pero el desajuste continuaba. Y si el Celta presumía de tres centrales, el Girona le mostró que carecía de control del área propia. Bastó la aparición de Portu para que Starfelt y Tapia confundiesen funciones. Gol.

Costó volver en sí. Y Tsygankov estuvo a punto de castigarlo gracias a un Dovbyk excelso en la continuidad. Al Celta le dio por ordenarse. Las escapadas de Tapia eran menos y el temblor del larguero a cabezazo de Larsen ayudó a espabilar. Con los tres delanteros en la presión, el equipo mejoró. Y debió marcar por ocasiones. Pero Douvikas no logró trasladar su efectividad de la Copa a la Liga. Especialmente, careció de tranquilidad tras un error de Arnau que lo dejó solo.

El empuje del que careció el equipo en el arranque del partido lo tuvo en el inicio de la segunda parte. Queriendo situarse más en terreno contrario para golpear con, en teoría, velocidad y precisión. Pero resulta que los entrenadores de la Liga alaban la capacidad táctica a Benítez. Nada malo, salvo que aprenden. Y Míchel, sabedor de que su equipo no pasa por su etapa más chisposa, prefirió el control y el partido pasó a estar desesperadamente equilibrado. Lo que, obviamente, favorecía al que iba por delante en el marcador.

El Celta quiso pero apenas pudo. El número de broncas de Aspas a sus compañeros se disparó a la enésima potencia. Porque el fútbol que el moañés imagina dista mucho del que el equipo -y él mismo- protagoniza. Benítez apostó por cambios y, con los tres delanteros en el verde, se decidió por renovar la banda izquierda con Ristic -para atacar a un Yan Couto que es lateral por obligación, no por devoción ni vocación- y por dar minutos en el centro del campo a Jailson. La grada no compartió las elecciones. Pero lo peor es que el juego tampoco, pese a que el serbio sí sacó algún que otro centro desde la izquierda.

Ni Celta ni Girona se hacían daño. Lo que dolía más a los locales, obviamente. El equipo se desgastó deseando demasiado lejos de Gazzaniga. Sin capacidad de llegada alguna. Tocaba escuchar silbidos al acabar. Tres derrotas en casa en una semana devuelven al equipo a la desesperación. Al menos, el resto de resultados lo mantienen fuera de descenso.

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