20.000 banderas celestes ondeando por Europa
Celta 1-0 PAOK
Un total de 21.306 aficionados llenaron ayer las gradas de Balaídos, la mejor entrada europea de lo que va de curso, sólo por detrás del partido del Barcelona
Ayer volvía a Vigo el PAOK, pero esta vez el partido era una final. Si cuando jugaron en octubre los alrededores de Balaídos se convirtieron en una fiesta, con fuegos artificiales incluidos, esta vez no podía ser menos.
La tarde comenzó tranquila. Los aficionados griegos, unos 600, estaban por el centro disfrutando de la ciudad, el día lo permitía. Balaídos, mientras, dormía. La calma era total alrededor del estadio, la previa a la tormenta. La convocatoria de las peñas era a las 6 de la tarde y el tiempo acompañaba. Poco a poco, los celtistas fueron llegando. Los nervios, en el bolsillo.
Esa que se desbordó cuando apareció el bus del Celta. Esa que la afición supo transmitir a sus jugadores cuando por fin llegaron al estadio.
Quedaba poco para el inicio del encuentro, las gradas empezaban a llenarse y las banderas que el club había repartido por los asientos comenzaban a ondear tímidamente.
Finalmente fueron 21.306 aficionados. La segunda mejor entrada en lo que va de temporada, solo por detrás del día del Barcelona, y la mayor convocatoria en Europa. Más de 21.000 personas llenando el estadio, conteniendo la tensión, hasta que ambos equipos saltaron al terreno de juego.
‘Oliveira dos cen anos’ en la megafonía, bufandas y banderas ondeando y más de 20.000 voces entonando el himno del centenario. Ya había pasado el primer momento de tensión… llegaba lo difícil, 90 minutos en los que el Celta se jugaba su puesto en octavos, en los que los aficionados sufrieron, más que disfrutar.
Porque ellos podían animar, corear nuevos himnos, aplaudir… pero no correr, ni defender, ni rematar. Eso es el fútbol, ya, pero todos llevamos dentro un entrenador. Y entonces, cuando los nervios empezaban a pesar, llegó el gol de Swedberg. Las gargantas se aclararon, las voces volvieron y el ánimo se recuperó.
Ya se podía disfrutar, la eliminatoria estaba algo más clara. Balaídos se volcó cuando Aspas dejó paso a Jutglá. Ahora, por fin, era todo una fiesta. Daba igual que quedase partido que los jugadores no se fiasen del PAOK. La grada necesitaba celebrar y era el día.
Cada cambio, cada llegada, cada recuperación, todo se festejaba, se aplaudía, se coreaba. El trabajo estaba hecho, Balaídos solo podía agradecerlo. La Europa League sigue en el horizonte, el sueño de los celtistas también.
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