Atlántico
SIN WIFI
Decido ir a caminar por un entorno rural. La primera sensación es que una embriagadora soledad me acuna con mimo. Me adentro poco a poco en una naturaleza plena de colores, matices, sonidos y olores; un cielo azul, límpido y majestuoso domina todo. Deambulando, unos mugidos atraen mi atención y veo cómo un ternero succiona las ubres de su madre mientras pace tranquila y protectora. Sigo caminando y un olor agrio, penetrante, golpea mi pituitaria; tras una alambrada, un par de cerdos hozan y gruñen desafiantes. Minutos más tarde, un macho cabrío con sus cuernos curvos y la típica barba, me observa amenazante; mi primer impulso es persignarme. Acelero el paso y tras un recodo, dos orejas largas y erguidas llaman mi atención; un borrico pocholo que de repente, rebuzna mientras me mira. Muy cerca, una recua de caballos trotan despreocupados; un pequeño rebaño de ovejas amodorradas además de gansos y gallinas son el final de una clase magistral de naturaleza en estado puro, sin wifi, ni falta que hacía.
Francisco Javier Sáenz Martínez .
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