Atlántico
Gorilas en la nieve
Hoy, Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino, es esencial recordar lo que ocurre en Gaza. Miles de historias atraviesan el bloqueo informativo y nos recuerdan que, antes que cifras, hay personas. Los siguientes relatos permiten asomarnos a esa realidad de resistencia, dignidad y pérdida.
Desde su tienda de campaña, una niña pide a los aviones israelíes que sobrevuelan el campo de refugiados de Jabalia que tiren chocolate. Justo entonces, uno de ellos deja caer una bomba a lo lejos. Ella, con inocencia, pregunta si quizá sea el chocolate, cayendo desde tan alto, lo que provoca las explosiones.
Según la ONU, más del 90% de la población gazatí ha sido desplazada de forma forzada, la mayoría varias veces. Los ataques a campos de refugiados son sistemáticos.
Un niño observa, desde su ventana, cómo miles de folletos caen desde el cielo. Cree que es un juego y sonríe a su padre. Este, con ternura, intenta mantener la calma mientras oculta que esos folletos —lanzados por aviones israelíes— advierten de que sus hogares serán inminentemente bombardeados.
Datos de UNRWA indican que alrededor del 90% de las viviendas de Gaza están dañadas o destruidas.
Entre las redes de su cobertizo, un chico encuentra un pájaro atrapado. Pide a un amigo que lo grabe mientras habla con él: le pide que, al volar, honre la memoria de todos sus familiares asesinados. Dice que jamás enjaularía a un animal, aunque con ello obtuviera algún beneficio. Después lo libera, y dice sentirse liberado…
Gaza, descrita por David Cameron como “una cárcel al aire libre”, es un lugar donde solo los pájaros pueden ser libres.
Le preguntan a un niño palestino qué quiere ser de mayor. Responde con una calma que debería ser imposible: «En Palestina nunca crecemos. En cualquier momento nos pueden asesinar.» Según Francesca Albanese, relatora de la ONU, las víctimas en Gaza durante estos dos años podrían superar las 680.000, incluyendo 380.000 niños menores de cinco años.
Uno de los periodistas más queridos de Gaza informa en directo tras un bombardeo. Mientras lee la lista de víctimas, reconoce los nombres de varios familiares. Se le quiebra la voz, pero continúa. Días después, en otro ataque, rompe a llorar. Desde detrás de la cámara le gritan: «Continúa, tú eres nuestra voz.». El 10 de agosto otro periodista tuvo que leer su nombre.
En dos años, más de 270 periodistas han sido asesinados en Gaza, más que en cualquier conflicto registrado en la historia.
Un profesor de música enseña a sus alumnos a cantar y tocar intrumentos para tapar el zumbido incesante de los drones. Asegura que la música se convierte en terapia: mientras resuenan las voces, el sonido de la guerra desaparece.
UNICEF informa de que más del 95% de las escuelas de Gaza han sido parcial o totalmente destruidas.
Un periodista pregunta a un niño, sentado en las ruinas de lo que fue su barrio, qué le diría a Trump tras su propuesta de convertir Gaza en un resort turístico. El niño responde: «Somos fuertes. Nos quedaremos.» Luego canta: «Permaneceremos hasta que el dolor desaparezca, viviremos aquí y la melodía será dulce. Mi patria, mi tierra natal… oh, tú eres yo, tú eres yo.»
Como escribió Mahmoud Darwish, “si los olivos conocieran las manos que los plantaron, su aceite se convertiría en lágrimas”. Quizá por eso este niño canta: para que la tierra recuerde a quienes siguen aferrándose a ella.
Estos relatos nos recuerdan que cada vida importa y que la indiferencia siempre juega del lado del opresor. Hoy, al recordar Palestina, debemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para que estas historias no se repitan?
Aref Fahim Domínguez (Graduado en psicología)
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