Cuando la ética se rinde a la estética, la política pierde el alma

Publicado: 06 jun 2026 - 03:30
Cartas al director.
Cartas al director.

Aristóteles sostuvo que el ser humano se realiza en la polis, donde la ética se prueba en la convivencia.

Weber recordó que la política exige responsabilidad, no solo convicciones. Y, sin embargo, hoy asistimos a una deriva preocupante: cuando la disciplina de unas siglas se impone sobre la conciencia individual, lo inadmisible se normaliza.

Un caso de acoso entre representantes públicos no admite matices ni lecturas partidistas. Desde la perspectiva de Rawls, nadie aceptaría reglas de juego que toleren abusos de poder. Cuando la denuncia se sustenta en hechos verificables, en comunicaciones escritas y en audios que documentan el hostigamiento, encubrirlos no protege a las siglas: degrada a la institución.

Sancionar al agresor de forma inmediata no es heroicidad, es el mínimo ético exigible. Lo grave no es solo el hecho denunciado, sino la respuesta corporativa: silencio, dilación y cálculo electoral.

Obligar a una servidora pública a convivir con su acosador —a compartir plenos, decisiones y espacios— no es un error de gestión, es una decisión política consciente. Se elige preservar la apariencia interna a costa de la dignidad de la víctima.

Que una organización ignore las alarmas internas y opte por no requerir explicaciones ni aplicar correctivos, a pesar de conocer la existencia de esas pruebas, vacía al partido de la ejemplaridad que se le presupone en democracia. No hay neutralidad posible ante el abuso: o se está con la legalidad y la víctima, o se es cómplice por omisión. Cuando los protocolos internos se ignoran deliberadamente y las direcciones miran hacia otro lado, el problema deja de ser un hecho aislado para convertirse en una pasividad institucionalizada por la propia organización.

La política no puede sostenerse sobre la distancia entre los principios que se predican y los actos que se consienten. Sin ética, la confianza ciudadana no se erosiona: se rompe. Y cuando se rompe por cálculo interno, no es un error; es una renuncia. Hablar, con respeto pero con total claridad, no es un gesto de deslealtad a una organización, sino una obligación cívica con la salud de nuestra democracia. Con respeto y con esperanza, Un ciudadano sin carné ni militancia partidista, que todavía cree en la política.

Jesús Humberto González Piñeiro.

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