Atlántico
Minneapolis
Cómo lo había echado de menos! Ni por las calles estrechas del pueblo ni entre los árboles surgía. Con resignación lo acepté. Al transcurrir el tiempo, qué maravilla fue encontrarlo, pues hacía días que no lo veía. Más allá del horizonte, esplendor de los montes, entre mundos que desconozco, él me brindó su cuerpo reluciente con su manto al envolvernos. En las aguas apaciguadas, él se reflejaba radiante: es el gigante astro rey que nos calienta y, con tal intensidad, va fundiendo en nuestro cuerpo sin pensar. Nuestro planeta girando en órbitas, lo vemos de todas formas. Con él, la tierra sedienta pide ayuda y, entre relámpagos, el agua cae de las nubes y él vuelve a aparecer. En mi piel y en su piel, él triunfa como el vino rosé. Sin él, a oscuras y tras tantas aventuras, toda la gente se ha de recoger. Al despertar, sus vestigios alumbran un nuevo amanecer. Sin ti, los lindos copos de nieve caen; y ante ti, el muñeco se desdibuja, derritiéndose hasta desplomarse. Con el eclipse desaparece y su compañera, la luna, resplandece. Con el tamaño y la distancia adecuados, siempre vamos a convivir. Es divino en el cielo y con mi himno vendrá, despacito, como quiero, reinará. Como un citrino, majestuoso y amarillo, en la Vía Láctea quedará.
Kênia Bonk Gimaiel. (Vigo)
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