El inolvidable recuerdo de Posada Curros, profesor, abogado y periodista

El doctor José Gómez Posada-Curro.
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Uno de los más interesantes personajes de la vida social y cultural en el Vigo del siglo XX fue el doctor José Gómez Posada-Curros

Hay pocos galardones civiles que no recibiera en vida. La Xunta de Galicia le otorgó la Medalla Castelao en 1995. Era también doctor en Filosofía y Letras y maestro por la Escuela Normal de Santiago. Estuvo vinculado a las redacciones de “El Pueblo Gallego” y “Faro de Vigo”, y fue archivero del Ayuntamiento de Vigo, en donde recopiló las Ordenanzas de la Villa desde 1560. Fue miembro del Tribunal Tutelar de Menores. Director y fundador del Boletín Municipal de Vigo, ejercicio como secretario de varios alcaldes, entre ellos el socialista Martínez Garrido. También desempeñó el puesto de comisario director de la Escuela de Artes de Vigo. Secretario perpetuo del "Curatorium" de la Universidad de verano de Vigo y jefe de la oficina técnica coordinadora de actividades culturales del Ayuntamiento de Vigo.

Fue catedrático de bachillerato de literatura de los institutos Santa Irene y de Lugo, donde tuvo como alumno al presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga.  Asimismo, impartió clases de Formación Profesional en Monforte de Lemos y en la Escuela de Maestría de Vigo. Fundó y dirigió las revistas “Maruxa”, “La Raza” y “Vida Céltiga”. Escribió varias obras de teatro. También había colaborado en la revista "Arbor" del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Era presidente de la Asociación de Escritores de Turismo. Entre sus publicaciones destacan su tesis doctoral “Alejandro Herculano en España y su influencia en la literatura nacional y gallega” y “Recuerdos y vivencias con recreación compostelana”. En el mundo de la empresa, fue gerente de "El Pueblo Gallego" y director-gerente de Edigasa.

Era licenciado en Derecho y abogado en ejercicio por los ilustres colegios de A Coruña y Vigo. Tuvo en su haber brillantes actuaciones en el foro, la palestra y la cátedra. En el primero, era conocido y celebrado su famoso pleito en defensa de la toga, así como otros asuntos paradigmáticos, como la representación de un empleado de Caixavigo, represaliado tras la guerra civil, que sentó jurisprudencia reparadora para casos parecidos. En otras ocasiones, sus intervenciones fueron famosas por el rigor pericial y la audacia técnica de sus argumentos en defensa de sus patrocinados.

Fue presidente de la Asociación de la Prensa de Vigo. Y era graduado por la Escuela Oficial de Periodismo. Durante su etapa renovó totalmente sus instalaciones, al cesar fue nombrado por aclamación presidente de honor de la entidad. Estaba en posesión de numerosas condecoraciones, desde la Medalla al Mérito en el Trabajo, laureada con hojas de roble, a la encomienda del Mérito Civil o la Cruz de San Raimundo de Peñafort. Era miembro de la Academia de Jurisprudencia y de la de Bellas Artes Nuestra Señora del Rosario, de La Coruña. El último de los honores recibidos fue precisamente el de “vigués distinguido”. Hombre de espíritu y amistades ecuménicas, a uno de los múltiples homenajes de que fue objeto en su vida se sumaron personajes tan diversos como el escritor Xosé Luis Méndez Ferrín (traductor al gallego de sus obras) y el ex general de División Alfonso Armada, marqués de Santa Cruz de Rivadulla, condenado como golpista por la frustrada asonada del 23-F.

Algún tiempo antes de su propio fallecimiento, el periodista José Francisco Armesto Faginas, ex director de “Faro de Vigo” y director de la Escuela de Artes y Oficios, me reveló que, como albacea, al menos intelectual, del profesor Posada Curros, tenía que resolver una peliaguda papeleta: hallar lugar de reposo digno para los huesos de tan ilustre prócer, que habían sido levantados del nicho provisional, donde habían sido acogidos por una familia amiga. Conociendo al personaje, sus muchos servicios a la ciudad, su carácter de hombre público y hasta sentimentalmente, su destino no pudo ser más ingrato: el osario común, en abigarrada amalgama con cientos de ciudadanos desconocidos. Falleció el 30 de enero de 1996 a la avanzada edad de 95 años. Fue inhumado en la propiedad de la familia de Antonio Fernández Pérez, por carecer de panteón propio. Pasados cinco años, los restos fueron levantados, pues la familia propietaria de la sepultura precisaba utilizarla para sí misma. El 12 de marzo de 2003, un nieto de nuestro personaje, José Manuel Posada Curros Buendía, autorizaba el traslado de los huesos de su abuelo al osario común, hecho que se verificó el 23 de mismo mes. Allí están.

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