Afectados de covid persistente de Vigo piden un mayor seguimiento

Maite Posada-Curros es instructora de yoga, formada en múltiples técnicas.
photo_camera Maite Posada-Curros es instructora de yoga, formada en múltiples técnicas.
La instructora de yoga, Maite Posada-Curros, cree que pudo contagiarse en enero de 2020 en Patagonia y llegó a perder el habla durante cinco meses entre otras secuelas

Pacientes de covid persistente reclaman a las autoridades que no les abandonen, que continúe la monitorización sobre los síntomas que padecen, que se investigue una posible cura y que les ayuden a enderezar unas vidas que se han visto truncadas por el virus. La pandemia provocó 14 millones de contagios y más de 120.000 muertos en España, y se calcula que entre el 10% y el 20% de los infectados siguen teniendo secuelas en distintas partes de su organismo, algunas muy incapacitantes, dentro de lo que se conoce como covid persistente. 

La instructora viguesa de yoga, Maite Posada-Curros, es una de las afectadas y está a seguimiento en la unidad de covid persistente del Hospital Álvaro Cunqueiro desde hace un año. A ellos, a su médico de cabecera y a una internista les agradece el apoyo y la comprensión recibida durante este tiempo. En la unidad le acompañan y tratan sus síntomas. Fuera de esto, también echó mano de los beneficios que le aporta el yoga y de tratamientos alternativos, como el ozono o la acupuntura, y a pesar de las bajas que tuvo que coger pudo seguir trabajando “con adaptaciones”. Ella llegó a perder el habla durante cinco meses, tiene temblores en piernas y brazos, padece problemas cardiacos y no puede tomar el sol, entre otros problemas. A pesar de todo, asegura que se siente afortunada. “Lo que es increíble es que estoy viva”.

El origen del covid persistente

¿Cómo y cuándo empezó todo? Patagonia, enero de 2020. Maite practicaba yoga en un sitio en el que había muchos chinos con mascarilla y con los que compartió varios vuelos. Regresó a España con un catarro pertinaz. Poco después empezó el confinamiento en España y empezó a sufrir un fuerte dolor de oídos y de mandíbula. Pasó por distintos especialistas: el dentista le recomendó llamar al endocrino, que sospechaba que podía ser una inflamación de tiroides, pero el dolor le hizo acudir a su médico de cabecera y a Urgencias  hasta que finalmente el endocrino le diagnosticó tiroiditis De Quervain, que se debe tratar a tiempo porque puede afectar al corazón. Estuvo seis meses a tratamiento y acudió muchas veces al cardiólogo y al endocrino porque se encontraba mal a pesar de que salían valores normales en las pruebas que le hacían ambos especialistas. “Pasa un poco como en la fibromialgia, no saben por donde entra”.

Ahora cree que en aquellas fechas tenía un covid persistente leve del que podía haberse recuperado, pero se vacunó (Janssen) para poder viajar a Escocia por motivos de trabajo y estuvo dos días con espasmos, luego tenía problemas de sueño, dolor de articulaciones y machas en la piel, pero se recuperó. El 4 de diciembre dio un taller de yoga con arneses. “Me había formado en Barcelona, es algo que exige mucha capacidad física y yo estaba bien en ese momento”. Al día siguiente se puso otra vacuna (Pfizer) y horas después aparecieron los problemas cardiacos y notaba como si se desmembrase. 

Durante cinco semanas se notaba cansada, no se tenía en pie, pero se recuperó. No por mucho tiempo, porque un día en clase empezó a decir frases sin sentido y no reconocía a nadie. Al día siguiente ya no hablaba y tenía “el lado izquierdo disociado”. En el hospital la resonancia del cerebro le dio bien, no había ictus ni derrame, pero no hablaba, solo balbuceos, no se tenía cai en pie y recordaba cosas que no habían ocurrido. “Eso me duró dos días, pero conozco gente a la que le sigue pasando y que perdió su trabajo”. Estuvo cinco meses de baja pero pidió el alta voluntaria porque es autónoma y no era posible mantener así el negocio. “Gasté más de 8.000 euros en sustitutos. No quería cerrar porque nadie te dice cómo va a evolucionar esto”.

Ahí empezó a tratarse con ozono y glutation, y recuperó el habla, además de consultar con una nutricionista. En el Sergas pasó por otros especialistas y por nuevas pruebas hasta que finalmente entró en la unidad de covid persistente. “Tuve muchos brotes”.

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