Jugar a equivocarse menos

El céltico Manquillo, que volvió a ser titular ayer, trata de eludir la presión del Getafe en el centro del campo.
photo_camera El céltico Manquillo, que volvió a ser titular ayer, trata de eludir la presión del Getafe en el centro del campo.

El Celta perdió en Getafe un partido en el que sólo acertó cuando no priorizó no errar y que pudo empatar

El Celta fue mejor cuando se desordenó pero mantuvo siempre la capacidad de equivocarse. Dentro de una filosofía en la que el fallo no se perdona, se condenó a perder en Getafe en un duelo en el que el fútbol reivindicó a Iago Aspas. Gracias a él, el 0-2 de una primera parte deprimente -con Greenwood marcando diferencias- se convirtió en 2-2 cuando el balón cobró protagonismo. Pero un afortunado gol de hombro de Mata castigó la falta de intención durante tantos minutos. Fuera de descenso por poco; viene el Barça.

Para quien diseña, el desorden es desagradable. La obsesión por el control convierte en fracaso cada salida de tono, en derrumbe cada falta de sincronización, en baldón cada error. Si todo fuese perfecto, poco o nada sucedería sobre un campo de fútbol. Porque en un fútbol en el que todo está medido, salirse de la norma está penado, sobre todo porque cualquier posible fallo ya tuvo su aviso previo. Los futbolistas manejan información de qué va a suceder cuando yerren, con lo que eso supone para la conciencia. Los vídeos y las estadísticas son los peores acusicas.

Los diseños de José Bordalás y Rafa Benítez se toparon frente a frente. Sé todo lo que vas a hacer, se decían uno al otro con el movimiento de sus piezas. La posesión era local porque nadie la discutía, con un Celta clavado al de Osasuna apostando de nuevo por la eficacia vivida en El Sadar. Queriendo convocarla, al menos. El balón, como se preveía, no era el bien más preciado, perdiendo la  batalla con la gestión de los espacios y de las ayudas.

 

 

Nadie se salía del guion. El Celta se sentía seguro poblando su propia mitad de campo ante un Getafe que no tenía la velocidad -ni la calidad- suficiente en la circulación como para desequilibrar. Los cambios de juego eran su baza principal, pero no bastaban para desajustar el balance celeste. Lo único que sucedía era a balón parado, con una falta en la que Ristic alcanzó el uy.

No se movía ni una hoja porque todo funcionaba según lo previsto. Lástima que lo imprevisto tenga la manía de suceder. En forma de error y de Greenwood, que acababa recibiendo todos esos balones recuperados para que los convirtiese en algo. A los 35 minutos, Beltrán la pierde y al británico sólo lo para la entrega y la cabeza de Carlos Domínguez. El árbitro tuvo que anular el penalti señalado. Parecía que la carcoma del desacierto iba a ser determinante, pero lo que realmente desniveló fue la intención. La de Jordi Martín en el minuto 40 en un centro lejano de Rico al meter el pie y mandar el balón al larguero, con rechace a los pies de Borja Mayoral para que empujase.

Mito caído

Al Celta le dolió la caída del mito de la perfección. Y antes del descanso una pérdida de Tapia permitió una nueva salida getafense con Greenwood y empuje final de Mata. Sin recursos en ataque y sin intención de hacer daño, el equipo vigués salió dañado de la primera parte.

Le dio Rafa Benítez todavía diez minutos de vida a su planteamiento inicial, insulsos pese a que el equipo quiso plantarse unos metros más arriba y se hizo con la posesión, que tampoco le interesaba demasiado al Getafe. Pero había que apostar para mover el árbol y desde el banquillo aparecieron Tadeo Allende y Iago Aspas para deshacer la defensa de cinco atrás y pasar a un 4-4-2 más intencionado para dar esperanza.

Iago Aspas Juncal. El moañés venía de su primera suplencia sin minutos de toda su carrera en el Celta, sin mediar problema físico o rotación por competición europea, y no tuvo un aterrizaje en el partido suave. Erró sus dos primeros balones, pero tal vez eso dio otra idea a sus compañeros: se podía fallar y arriesgar si el objetivo era suficientemente bueno. El fútbol encontró un futbolista sobre el que girar en el campo y él le fue dando forma, aprovechando la capacidad de los dos carrileros, Ristic y Manquillo, para abrir el campo. De hecho, una acción entre ambos abrió los mejores minutos del conjunto celeste en el partido.

El Celta conocía por fin el área rival. Y con Aspas de lanzador, el primer tanto no tardó en llegar. El capitán dibujo un pase interior hacia la llegada de Manquillo, que centró con precisión para encontrar la cabeza de Larsen. El partido era otro pero lo expuesto no bastaba. Hugo Sotelo sentó a Tapia -tras una mala tarde- y Douvikas a Larsen -enfadado por competitivo-. La tuvo el griego al poco de salir, de nuevo a centro del lateral fichado en enero. Pero acabó marcando Allende, otro recién llegado, tras una maravillosa asistencia de Aspas en una jugada que había comenzado con otra subida de Ristic.

No era malo el empate. Hasta la victoria era posible. Pero se perdió. Porque Unai Núñez sacó mal un balón desde campo propio hacia un mediocentro como Sotelo, que no viene de espaldas sino que se iba porque venía a ocupar el espacio Beltrán. Balón perdido, balón a Greenwood. El británico centró y Mata marcó con mucha fortuna al golpear con el hombro y dibujar una parábola imposible para Guaita.

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