Pasta

Comienza un nuevo año y, como es tradicional, regalamos nuestros mejores deseos para esta imprevisible etapa. Deseos que suelen ser de naturaleza personal, tales como una buena salud, más dinero, y que no falte el amor. Pero casi siempre nos olvidamos de desear cambios sociales, no necesariamente radicales ni esenciales, que beneficien a otros y a nosotros mismos.


La palabra «pasta» que constituye el título de este artículo no la empleo en sentido pecuniario, ni hace referencia al pequeño dulce que se toma con el café o el té. Tampoco mienta el famoso alimento de origen italiano, sino que con ella estoy aludiendo al material genérico con el que se pueden moldear diferentes objetos.


De manera habitual, la expresión «está hecho de otra pasta» se utiliza en los medios de comunicación para destacar la fortaleza y la entereza de aquellos deportistas que siguen compitiendo tras haberse lesionado, o que se reincorporan a su actividad antes de consolidarse su restablecimiento, con el consiguiente perjuicio para su sistema muscular y osteoarticular a corto, medio y largo plazo. Así, no nos será difícil recordar el nombre de futbolistas que no abandonaron un partido pese a sufrir un esguince de tobillo o incluso romperse un ligamento cruzado de la rodilla, ni el de motoristas que volvieron a subirse a la motocicleta al día siguiente de ser operados de una fractura de clavícula o de muñeca, ni el de ciclistas que se mantuvieron en carrera aun habiéndose luxado un hombro en una caída.


Estos atletas estarían hechos de otra pasta porque se supone que quien no sea un profesional del deporte es incapaz de semejante sufrimiento, aunque en realidad no sea cierto. Por desgracia, cada vez es más frecuente encontrarse a trabajadores que se ven compelidos a desempeñar su ocupación laboral padeciendo una enfermedad aguda que requiere reposo, o habiendo sufrido un traumatismo temporalmente incapacitante.


Esta clase de actuaciones resultan en todo punto inaceptables. Sin embargo; en el primer ejemplo, los periodistas deportivos promueven dichos abusos pues halagan, sin excepción, a los que aceptan este estado de cosas, sin manifestar la más mínima crítica hacia quienes obligan a asumir tal irresponsabilidad; por lo general, los clubes a los que pertenecen los deportistas, los entrenadores que los adiestran y las marcas que los patrocinan. La acción de los reporteros se guía por el orgullo de hincha o el sentimiento patriótico, y por la voluntad de generar en el público la creencia en la existencia de héroes que están muy por encima de los demás. 


No obstante; si reflexionamos con detenimiento sabremos que los verdaderos héroes son aquellas personas que posibilitan que uno pueda tomar el autobús o el metro cada cinco o diez minutos, que hacen factible que cuando por la noche dejamos la basura en el contenedor ya no esté allí a la mañana siguiente, que nos permiten que al ir al quiosco podamos comprar los periódicos del día, o que al pulsar el interruptor de la luz se encienda la lámpara del salón de nuestra casa.


El segundo ejemplo es, si cabe, todavía más sangrante dada la exigua remuneración que perciben la generalidad de los asalariados en comparación con los deportistas de élite. De ello los máximos responsables son los sindicatos de trabajadores, puesto que aunque lo que da sentido a su existencia es mejorar continuamente la legislación laboral y hacer que esta se aplique en su integridad, son incapaces de conseguirlo. ¿Por qué?


Ante este escenario impropio de un Estado social y democrático de Derecho, así como de una concepción evolucionada de la salud pública, mi deseo para el año 2019 es que esta masculinidad de idiotas y esta productividad de esclavos desaparezcan de la sociedad en la que vivimos. Y de todas en las que nunca viviremos.