Una imagen y mil palabras

Una imagen y mil palabras

El predominio de la imagen en nuestro mundo es algo incuestionable, y para desgracia de quienes hemos practicado de toda la vida el periodismo escrito, un factor imbatible en el ejercicio de la información que nos convierte a los escribas en perdedores por goleada. Ya puede un testigo ocular de la política del Reino Unido relatar con vibrantes crónicas los avatares parlamentarios que azotan la legislatura y han convertido a la señora May en el muñeco de todas las bofetadas, que bastan veinte segundos de una filmación protagonizada por el speaker de los Comunes para expresar toda la carga de tensión que se almacena en el diálogo parlamentario. Ahí es nada, y apretujado en el angosto e incómodo espacio que utilizan para legislar los parlamentarios de la Gran Bretaña, contemplar a John Bercow, diputado conservador y actual árbitro de la cámara, llamado al orden a voz en cuello como si estuviera sentado en la grada de Wembley. Bercow, un experimentado representante tory de origen judío y larga trayectoria, ha tenido que apelar en muchas ocasiones a los alaridos y a la bronca para conducir las sesiones por la vía necesaria. No estoy muy ducho en el protocolo que rige la vida del Parlamento de Londres, pero sospecho que el presidente no puede apelar a la interrupción mecánica del uso de la palabra ni otros recursos técnicos que le ayudan en su tarea. Por eso, sumergido en ese marasmo opresivo del todos contra todos que últimamente proyecta al mundo la Cámara de los Comunes, necesita pronunciar la palabra “order” más alto, más fuerte y con más energía y más acritud que el resto de diputados para que el mandamiento prevalezca por encima de la querella reinante. Habitualmente no le hacen el menor caso porque de un tiempo a esta parte, la situación del país anda muy revolucionada y no está lo que se dice el horno para bollos.
La imagen, por tanto, es hoy la joya de la corona. No es lo mismo escribir que Pablo Iglesias atraviesa una situación compleja que verlo en vivo y en directo confesando amargamente que ha tenido que abandonar la baja paternal para tratar de arreglar un gallinero que se le ha puesto patas arriba. La cara es el espejo del alma y a Pablo se le nota el alma sombría. El (e)rejón recibido está puesto en todo lo alto.