La maldición de la pomada

La maldición de la pomada

Reconozco y admito que no estoy en la pomada. Acaba de inaugurarse la temporada de “Operación Triunfo” más de quince años después de que la ganara Rosa López, y observo inquieto que no conozco el noventa por cierto de las canciones que se interpretan y lo que es más serio, las voces me parecen igualmente pretenciosas y vacuas como si todos los aspirantes a ingresar en esa particular academia se dieran por satisfechos con ser intérpretes de gospel vengan de Hospitalet de Llobregat, de Móstoles, de Cangas do Morrazo o de Camas. O sea, vengan de donde vengan. La interpretación musical ha demolido  fronteras y todo parece estandarizado. En lugar de  potenciarse a los intérpretes que  tienen un sello personal y aportan condiciones originales aunque no tejan encaje de bolillos con la voz, estos concursos  proponen un sentimiento de homogeneidad que parece empeñado en encontrar divos de la canción cantada en inglés aunque el sujeto sea un chaval aspirante a actor de teleseries nacido en el puente de Vallecas que no sabe hablar inglés y no entiende una palabra de lo que está cantando.
El hecho de no estar en la pomada es por tanto sumamente incómodo porque nos vuelve refractarios a este tipo de certámenes y nos predispone incluso en su contra. Mucha gente me acusa y con toda la razón, de que yo no conozco nada de la música popular desde que se separó “Oasis”, último ejemplo que yo sepa junto a Damon Albarn y sus “Blur”, los chicos de “Ocean Colour Scene” y seguramente “Seahorses”, de lo que a mí me gusta en materia de música pop. Todos ellos son honorables hijos musicales de Ray Davies en el caso de Blur, de George Harrison en el de “Ocean” o de John Lennon y Paul McCartney en lo que se refiere a los otros dos. Los que así opinan tiene toda la razón y yo soy el primero que no resiste un debate de estas características. Hay cosas que no pueden discutirse ni merece la pena hacerlo.
Mi ignorancia se extiende a otras materias especialmente conectadas con el mundo de las artes escénicas y el espectáculo. Me armo un lío con los actores que triunfan en el cine nacional y a menudo confundo unos con otros. Por desgracia, no es el mundo el que tiene la culpa de esta situación sino yo mismo que no me entero de nada. Salvo que unos tíos de Moratalaz canten en ella canciones de los “Beach Boys”, esta edición de “Operación Triunfo”  no me va a quitar el sueño. El muermo soy yo. Lo acepto encantado.