El año nuevo

Pocos son los que, coincidiendo con la llegada de un nuevo año, se resisten a plantearse una serie de retos con los que otorgar vida, interés y compromiso al recién estrenado periodo. Es verdad que este ambicioso catálogo de misiones se hace más modesto y accesible a medida que uno cumple años. Las metas  que puede imaginar un individuo de mi edad son en general mansas, libres de riesgos y mayoritariamente intelectuales y van desde aquel que se propone escribir sus memorias aunque tenga que correr él mismo con los gastos de edición porque es bastante problemático que le interesen a cualquiera, hasta la matricula en un conservatorio que permita aprender a tocar el violonchelo. Las propuestas juveniles contienen un mayor número de riesgos y aportan un punto más de ambición como corresponde a la edad. Un tío de veinticinco años puede soñar con cruzar en moto desde Algeciras hasta el Bidasoa pero un sujeto de mi promoción, salvo honrosísimas excepciones que las hay sin duda, apenas si se tiene subido en una motocicleta. Es más propio e incluso más sencillo estudiar arameo para leer el mensaje de Jesucristo en su lengua vernácula que apuntarse al Dakar. Las cosas como son.
Lo que no varía es el poderoso influjo que sobre los seres humanos ejerce la clausura de un ciclo y el nacimiento de otro. La nueva etapa tiene un fuerte reclamo redentor porque un año nuevo implica la posibilidad de acabar con las dolorosas experiencias del que se clausura sustituidas por un ligero atisbo de esperanza y sobre todo, por una propósito de la enmienda que normalmente se inspira en la necesidad de no cometer los errores del pasado que tantos quebraderos de cabeza acabaron ocasionando. Abramos las ventanas para que corra el aire y pongamos los cinco sentidos en caminar por el camino correcto. Con la ingestión de las doce uvas se han expiado las pasadas culpas y las burbujas del cava deberían contener agentes curativos suficientes para que las cosas comiencen a salir mejor de lo que estaban. O así debía ser por lo menos.
Estamos iniciando el año dieciocho del nuevo milenio y aún recuerdo el angustioso regusto del miedo en el paladar que nos invadió en mayoría cuando cruzamos aquella desconocida frontera. Yo pasé parte de aquella noche montando guardia  y preparado para reaccionar  severamente si, como decían algunos catastrofistas, los ordenadores se hacían un lío y todos los sistemas informáticos de la creación se iban al cuerno. Nada pasó y aquí seguimos. Pero pasamos un miedo….