Canto a lo más sencillo

Canto a lo más sencillo

Tendemos a magnificar las cosas y a suponer que la génesis de los grandes acontecimientos nace de hechos sumamente complejos cuando algunas de las etapas más trascendentes del devenir humano se han engendrado a cuenta de carambolas y casualidades a cual más sorprendente y peregrina. Hace cuatro o cinco años, por ejemplo, la felicitación de Navidad elegida por la Zarzuela constituyó uno de los ejercicios de composición  por ordenador más calamitosos que recuerdo. La Familia Real había entrado por entonces en un bucle de desintegración irreversible y cada uno andaba por su lado, de modo que para juntarlos se apeló a la fotocomposición digital, y si bien es de suponer que se encargara el trabajo a una agencia especializada, el caso es que el resultado fue una auténtica chapuza con cuerpos a los que les faltaba un brazo, piernas que no pertenecían a nadie, fondos a los que se notaba el artificio, bebés suspendidos en el aire y otras muchas aciagas consecuencias del mal uso de la técnica que convirtieron aquella tarjeta navideña en el hazmerreír de todo el mundo. Un escolar espabilado con un programa de tratamiento sencillo lo hubiera hecho mucho mejor. Estoy seguro que habría mejorado igualmente aquel retablo de disparates si del encargo me hubiera ocupado yo mismo.
El caso es que, probablemente, este desastre se hubiera arreglado de un modo mucho más natural y sencillo que es como las cosas funcionan adecuadamente. Con sentido común y sin alardes. Y esa sensación se aplica a multitud de episodios cotidianos que fallan sin necesidad de ello. He comprobado que los concursantes de esos programas de televisión que acaban eligiendo el mejor chef de cocina desconocen por completo los fundamentos de la cocina tradicional y se sumergen en los arrebatos de las nuevas técnicas culinarias –sifón, nitrógenos, esferificación, bajas temperaturas, robótica, etc.- sin tener ni la más remota idea de cómo se guisan unas lentejas o cómo se fríe un huevo como es debido. Y así va la cosa.


Pintores que no saben dibujar, músicos que emplean bases tratadas por ordenador y que no han pulsado una cuerda ni una tecla en su vida, cocineros incapaces de pochar una cebolla, escritores que no han estudiado gramática…. Son el ejemplo cotidiano del drama que sorprendentemente representa comenzar por lo más sencillo. Los resultados de esta dejación voluntaria no deben sorprendernos.