Al rescate

Transido de felicidad, el mundo entero ha celebrado la salida a la superficie de esa docena de muchachos, integrantes de un equipo de fútbol que se quedaron atrapados en el fondo de una enorme cueva recorrida en un largo tramo de la ruta por un cauce subterráneo de agua, cuyos accesos quedaron cegados por lluvias torrenciales lo que dejó a la expedición, al mando de un monitor de veinticinco años en un profundo culo de saco. Los chicos, todos ellos menores de edad, han sido rescatados con vida gracias a un operativo multidisciplinar en el que han participado expertos en rescate procedentes de varios países entre los que se encontraba un buceador español. Uno de los submarinistas que participó en las tareas fallecido ahogado.
Tras un salvamento resuelto con pleno éxito y tras la compartida alegría del final afortunado, no estará de más analizar las causas de esta situación dramática y las circunstancias por las que estos adolescentes acabaron en el fondo de una gigantesca gruta. Lo que pasa es que los tailandeses no  son españoles ni cosa que se le parezca, porque he leído que los propios padres de los chicos atrapados enviaron al monitor cariñosas cartas absolviéndole de toda responsabilidad y agradeciéndole su dedicación  en la tarea de proteger y cuidar de sus vástagos. Ninguno de los padres se ha preguntado por un momento qué diablos hacia un veinteañero sin experiencia espeleológica y probablemente sin el permiso paterno conduciendo a sus pupilos hasta un escenario sin duda muy peligroso en época además de lluvias torrenciales. Aquí entre nosotros, el entrenador al que todo el mundo ama a estas alturas, cometió un verdadero disparate que se ha saldado con un fallecimiento y menos mal. Los equipos que han posibilitado este broche feliz han hecho un trabajo sublime. Han estado, simplemente fantásticos como lo han estado los niños. Como jugadores de fútbol que son, estaban con toda seguridad en excelentes condiciones físicas. De no ser así, el resultado seguramente sería otro. Mucho más trágico, claro está.
Los orientales no dejan de sorprenderme y yo ya he renunciado a comprender sus reacciones. Con toda seguridad, no se parecen en nada a nosotros.