A buenas horas

Las encuestas las carga el diablo que decía uno de los políticos a los que le resultaban frecuentemente favorables y a la hora de la verdad no lo eran tanto. Eso debe pensar la premier británica Theresa May que convocó elecciones generales cuando las que manejaba su equipo le resultaban inequívocamente favorables, y que se fueron torciendo a medida que trascurría la campaña. A May las estimaciones con las que se aventuró en urnas le otorgaban una ventaja de más de veinte puntos sobre Corbyn y cuando llegó el gran día apenas superaba los cinco.
Acaba de publicarse una encuesta coincidiendo con los cuarenta años de la Elecciones de junio del 77 en la que una abrumadora mayoría de encuestados manifiesta desear a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, recordando de paso su gesto de valor y galanura en el asalto al Congreso por Tejero y sus secuaces cuando Suárez había dejado de serlo el 23 de febrero de  1981. Muchos, yo mismo entre ellos, dirá a la vista de estos resultados que a buenas horas, y que seguimos conservando la atroz costumbre que nos distingue y que consiste en reconocer los méritos de nuestros compatriotas únicamente cuando ya están muertos, pero es cierto que la mejor respuesta a este tipo de reacciones tan nuestras es encogerse de hombros y seguir caminando. Nada existe capaz de hacernos cambiar de costumbres y el caso del presidente Suárez es un ejemplo paradigmático de esa condición caníbal con la que hemos tenido que convivir toda nuestra existencia. En el caso de los sujetos de medio pelo y sin ninguna trascendencia en la historia como yo mismo la incidencia es irrelevante, pero cuando la pragmática se aplica a personajes capaces de cambiarla como le ocurre al desaparecido presidente del Gobierno justo es reconocer que tenemos poco perdón. Con una particularidad no  intrascendente en el desenvolvimiento del histórico proceso. Quienes realmente acabaron con Suárez y le obligaron a tirar la toalla fueron los integrantes de su propia coalición, una amalgama que acogió tendencias procedentes de todos los perfiles cuyos integrantes acabaron por arrinconarlo y dejarlo huérfano de reconocimiento, cariño, respeto y apoyo. Las tan repetidas estampas de Suárez en la soledad más absoluta sentado en su escaño proyectan hoy destellos de crueldad y mala conciencia.
Ahora sería un gran presidente. Pero entonces también lo fue.