Fermín Bocos
La tragedia del tren
El primer ministro turco, el islamista Recep Tayyip Erdogan, un islamista moderado, según la idea de que su gran religiosidad y la democracia son compatibles, sigue ganando adeptos como su homólogo español, Mariano Rajoy, para su demanda de entrar en la UE.
Rajoy comprobó la semana pasada cómo Erdogan aprovechaba su presencia en la inauguración de una línea de metro construida con participación española en Ankara, para convertirla en un mitin de su partido religioso AKP, que está cercenando las libertades republicanas iniciadas por Atatürk hace noventa años.
El primer ministro español ratificó el apoyo de su antecesor Rodríguez Zapatero al ingreso de Turquía en la UE.
Pero, además, se comprometió a defender la Alianza de las Civilizaciones, ese angelical proyecto que Zapatero había copiado de los reconocidos demócratas, los ayatolás iraníes, para proclamar una nueva vía de amor y matrimonio entre las dictaduras religiosas islamistas y las democracias laicas.
Tras once años de gobiernos de Erdogan, que comenzaron con cierta esperanza de liberalización, se comprueba ya que a mayor poder de un partido religioso menores libertades.
Y menos aun tratándose de quien pertenece a una secta tradicionalista dentro de una creencia que está en su año 1437, dieciséis años antes según el calendario cristiano actual, de la conquista otomana de Constantinopla, esto es, en el bajo Medioevo.
Los avances del metro, de la tecnología o de la economía, quizás corresponda a los coetáneos inicios del Renacimiento, pero están aún dentro de una mentalidad regresiva como la de Erdogan.
Tiene a cuarenta periodistas presos, y nueve más esperando condenas, persigue las redes sociales, censura la información, crea leyes contra la independencia judicial y destituye a los funcionarios independientes porque no le son fieles a él, el Ungido, aspirante a nuevo Califa.
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