Wanted (dead or alive)

Wanted (dead or alive)

Se busca, viva a muerta (en este caso viva), porque la verdad no asesina ni va armada; solo hay que encontrarla. Puede que duela, pero la que mata es la mentira. 
 Se busca (íntegra), porque mil veces repetida una mentira, no deja de ser una mentira repetida un millar de veces; al igual que una media verdad no es sino una doble patraña.
 Se busca (desnuda), porque puede que resulte escandalosa, pero con atuendos, aunque sean de alta costura, no es más que un grotesco espanta pájaros; y además, cuando se oculta la verdad, se miente.
 Hoy la falsedad es tendencia. Y las personas que mienten todo el tiempo se indignan ante la verdad. Lo vemos en los políticos; ahora no les basta con engañar, ahora le llaman falsario a quien le canta las cuarenta. “Mentira”, “No es verdad”, “Eso es falso”, se exculpan en las entrevistas. No hay argumentos. No hay sensatez. No hay recato. Filfa, pura filfa. Y desvergüenza. 
 La mentira se vende muy barata: “literatos” en Twitter, “fotógrafos” en Instagram, “amigos” en Facebook, “besos” en WhatsApp, no son más que remedos de autenticidad, cibertrampas. La verdad hay que buscarla como un preciado bien; reivindicarla a toda costa; preservarla como un legado a los que vienen detrás, ¿cómo van nuestros hijos a decir la verdad si no la oyen?
 La verdad no está de parte que quien más grita, pero la mentira sí lo está de parte de quien más la pregona. Lo vemos todos los días. Nos manejan a base de emociones, de miedos, de iras, de filias, de fobias, de furias, de patriotismos, incluso las lágrimas de cocodrilo surten su efecto.
 Diógenes, llamado “El Cínico”, pobre de solemnidad que vivía en un barril, andaba con una lámpara encendida aun siendo día: “¿Qué buscas?”, le preguntaron. “Busco un hombre”, respondió. Así hemos de buscar la veracidad en este siglo de la (des)información, entre las innumerables posverdades que tanto se prodigan.
 Huyamos del artificio, de la falacia, no nos enredemos en el telar de las redes sociales sin cuestionarnos nada, porque, lo que ya sí sería el colmo del engaño, es que nos cayésemos a embustes a nosotros mismos, o pretendiésemos obtener una recompensa por decir, buscar y descubrir la verdad. Lo decía Friedrich Nietzsche: “La mentira más devastadora es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo”.
 Parezco un predicador. Y eso me jode, porque debería predicar con el ejemplo. No soy Diógenes, pero sí un cínico.