Mi Smith & Wesson

Mi Smith & Wesson

Algunos lo llevaban en la pantorrilla, otros en la sobaquera, otros a la cintura; yo llevaba mi ‘Smith and Wesson’ en la mariconera. Si me atracaban, pensaba, era lo que les disuadiría. Alma cándida: cuando se saca un arma de fuego es para usarla, ¡pum!, si no, estás muerto.  
Sin estrías, de paquete, con lacito y todo, el revólver me lo había regalado un coronel –no tenía quien le escribiera, me imagino-, por mí veinticinco cumpleaños, con la promesa de conseguirme después la licencia de armas. Entonces ya tenía yo una farmacia en un barrio marginal, una casa de piezas en el centro, una compraventa de coches de lujo, y habilidad para corromper funcionarios públicos. Vivía en Caracas.
El tiempo transcurrió, la promesa se olvidó, y a mí me pillaron con las manos en las balas. Fue al salir del banco Mercantil: La Policía Metropolitana tenía montado un operativo contra el hampa; yo acababa de retirar la nómina semanal para pagar a los empleados; estaba abriendo el coche, cuando: “Ciudadano, téngase la bondad de abrir el bolso…” Y en mi propio Mercedes Benz, me llevaron detenido al retén de Catia. 
De camino lo intenté, no hubo forma: el número que me escoltaba –aunque sí ganas- no tenía capacidad de corromperse; donde manda capitán, no coacciona pela bolas. Al llegar, todo muy profesional: “Firme aquí”, y me quitaron el reloj, la cartera, las llaves del coche, y me dieron un recibí que ellos mismos se quedaron. “Párese ahí”, y me inmortalizaron en el fotomatón, de frente y de perfil. “Por aquí”, y ya me iban a enchironar con los Pedro Navaja; pero supliqué y me metieron en una celda VIP, con los hijos de papá.
Era viernes. Quedaba todo el fin de semana por sufrir. ‘¡Piensa! ¡Piensa!’, me apremiaba. Y pensé que debía  de pedir hacer una llamada. Llamé a mi casa, llamé al coronel, pero nadie contestó. Y sonreí. El hombre muerde con la sonrisa: Si sonríes tienes ganada la batalla.
No recuerdo haber rezado, pero la divina providencia andaba por allí: “Doctor –se extrañó al verme- por qué le han detenido”. Se lo resumí. Él lo pescó ipso facto: “Ya, tiene la licencia en casa”. Aquel poli era de ‘Las Adjuntas’, el barrio donde yo tenía la farmacia. Al parecer le había fiado unas medicinas un día que no tenía plata. Y respondió por mí.
Me devolvieron todos mis objetos personales -aún no les había dado tiempo a repartírselos, se ve- y me dirigí al aparcamiento para recoger mi coche. Nada más subir ya noté la falta de dos entradas que tenía para el teatro, de todos los casetes de música y de las Ray-Ban. Pero quería irme de allí. Cuanto antes. 
              Le di al contacto. Nada. Toqué el claxon. Muerto. La batería, pensé. Me bajé, abrí el capot para apretar los bornes… y: ‘¡Y esta vaina!’ El garante del desorden que custodiaba el recinto se acercó. “No sugerirá que hemos sido nosotros”, se acusó. “No, no, por favor –volví a sonreír-, es que los malandros de Caracas son tan coño madre que fueron capaces de entrar en el parking de la policía, abrir mi coche, robarse mis pertenencias y, de paso, arramplar también con la batería”. 
Veinte años han pasado. Hoy evoco todo aquello con nostalgia. Casi con ternura. Y me río. Nunca le guardé reconcomio a ninguna autoridad, en ningún país. Nunca me han vuelto a detener. Y nunca he vuelto a llevar armas ¿para qué?  Si eres capaz de perdonar, eres invencible.