Santuarios infernales

Santuarios infernales

En el mar de la incertidumbre sobrevivo chapoteando como un náufrago. Poner a parir a quienes a pie enjuto, como Cristo, caminan sobre las aguas del bien y del mal  henchidos de fe pero faltos de misericordia, me desahoga.
Hace poco estuve en Fátima. Bajo el sol abrasador de medio día aquella explanada parecía Auschwitz con los hornos a todo calcinar. Los devotos, los que sostienen con sus donaciones –en el Vaticano pasa igual- tamaños fastos, los peregrinos que enriquecen las cadenas hoteleras de las inmediaciones propiedad del santo lobby, los enfermos, los que vamos en busca de un milagro, los hombres y mujeres de buena fe y mal pronóstico médico, nos arremolinábamos como ganado en el páramo, aletargados por la vehemencia del rubicundo astro rey, bajo cuatro árboles contados. ¿Tanto costaría poner unos cuantos toldos -me pregunto- en aquella fragua de Vulcano a cielo abierto? 
Yo fui. Lo vi. Lo valgo: incapaz de soportar aquel calvario, le pedí -‘por caridad’, les dije- a unos sufridores que hacían cola melanómica bajo los rayos solares, que quemaran en la pira de las súplicas la cera de mis velas (el níquel más bien), pagadas a precio de consulta en la sanidad privada. Cierto que uno puede dar la voluntad, pero en cuestión de milagros nadie  tasa.
Di mi limosna. Y oré: ‘Señor no creo, pero no aumentes mi escepticismo’. Vana esperanza. Volví más mosqueado. Haciendo conjeturas quizás menos pacatas: los chinos saltando todos a la vez no escorarían el eje de la tierra; pero si el papa bendice un pen con su foto, y lo pone a la venta, recauda mil millones. En un santiamén.  (Cómo será que un simple chispas sacó del peto de las ánimas de la catedral de Santiago millón y medio de euros, y el deán, o quien monte de venus lleve las cuentas ni se percató del desaguisado) ¿Por qué entonces tanta mezquindad? 
Un poco de ‘por favor’, por caridad; que en los recintos sagrados, en el estío, hace un calor infernal; que muchos vamos ya hechos ‘polvo te convertirás’; que los oficiantes dirigen sus liturgias desde amplias aras, o en confortables solios, o bajo palio en las escalinatas de las basílicas, pero de los avatares climatológicos a buen recaudo.
Puede que sea infalible el mandamás del Vaticano cuando habla ex cátedra; pero en cuanto a piedad con los romeros creo que mete la gamba. Unas cuantas carpas, unas cuantas sillas aunque sean de tijera, aunque publiciten cerveza 0’0, en la explanada de los templos de peregrinación, y que salga el sol por donde quiera. Estoy seguro que el divino ojo del triángulo, le haría un guiño de humano asentimiento a Bergoglio así lo dispusiera.   
Ojo. No afrento a los creyentes, al contrario los respeto, más que la propia Iglesia. No va mi indignación contra la virgen de Fátima, ni contra san Pedro, ni contra el apóstol Santiago. Va contra aquellos que en vez de pensar en las almas solo piensan en metálico.
Por cierto, lejos del boato, de las casullas, de las cámaras de TV que retrasmitían en directo, ya en mi casa, en el recogimiento de la noche, me acordé de una oración que receba mi madre: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme’. Y recé con todos mis miedos: ‘Mamá, mira a ver si puedes hacer algo’.
Esa noche no dormí como un bendito: ¡dormí como un santo!