Cuando te derrota un perdedor

Cuando te derrota un perdedor

Soy un señuelo para locos, borrachos, canallas, golfos, indigentes y demás perdedores en general. Siempre he sospechado que me ven de su misma madera de ser: maciza, hueca, machihembrada, podrida o de boj, según la cordura de su trastorno. ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ es mí película predilecta. Con eso lo digo todo.
 Encerrado como el nido de las golondrinas en mí mismo, caminaba el sábado por la noche intramuros de mis recuerdos mientras, por el agujero de la curiosidad, observaba el gentío callejero. Ourense se desbordaba en el caudal septembrino de las depresiones postvacacionales, las preocupaciones pre escolares, y el trastorno de los últimos turistas. En el tumulto de la calle de los vinos lo distinguí olvidado en una esquina. Le torcí la mirada cuando ya él había clavado en mí la suya: turbia, trémula, oxidada, de lebrel abandonado por la vida. ‘Oíu – aspaventó- veña eiquí’. Barbas color borras de vino, rostro apergaminado, chándal chillón, sonrisa desvaída. Me hice el cuerdo. No quise saber nada de aquel hombre que, a buen seguro, ¿por qué a mí entre cientos de viandantes?, pretendía darme el sablazo de rigor. Cuando doy una limosna no hago distingos sobre qué clase de marginal me la demanda. Ni menos recomendaciones: ‘¡Y no lo gastes en alcohol!’ ‘Ya –pensará el dipsómano- voy a comprarme un piso, no te jode’. Pero esta vez seguí de largo. 
 Además estaba mosqueado. Hacía justo una semana que había picado con idéntico reclamo: ‘Per favore, venire qui’. Claro que aquel hijo de puta conducía un Alfa Romeo, vestía un traje de firma, llevaba un mapa en la mano -se supone que estaba perdido- y estaba bronceado por la buena vida. No me jodió de milagro. Yo caminaba extramuros de la capital de Italia. Como buen samaritano me acerqué. Él me estrechó la mano, y cuando le señalaba en el mapa la ruta a seguir hacia el puerto de Ostia, de un zarpazo quiso arrebatarme el ‘breitling emergengy’ que, como oro en muñeca, luzco, regalo de mi esposa. ‘¡Por confiado!’, me recriminó ella, que caminaba a mi lado y padeció con estupor la escena. Pero no, no es por eso, como buen gallego desconfío de mi sombra; es porque todo lo que es padecimiento me es afín y a mí siempre me pillan por los huevos de la lástima. Soy pasional. También visceral: le hubiese arrancado los ojos a aquel cabrón si no arranca a toda hostia para el puerto homónimo.
 Sigo a mi leitmotiv: seguí a mi bola sin hacer caso del beodo de la calle quita penas. ‘Vostede é o aviador!’ oí por sobre el vocerío de la muchedumbre cuando me alejaba. Me di por aludido, volví la cabeza. ‘Vostede no é o que escribe no periódico?’, aventuró con voz estrangulada. Me acerqué y le extendí la mano. ‘Depende’, dije; al tiempo que, claudicando, ya rebuscaba en el bolsillo unas míseras monedas. ‘Pois felicítoo -me la estrechó con timidez-, e a seguir así, dando leña; veña, invítoo a tomar un vaso’. Yo me sentí más idiota que otras veces. Balbucí algo que quería ser un ‘gracias’. Y me fui avergonzado… 
 Gracias, amigo, si lees esto. No he hecho más que pensar en ti. Pero a diferencia de Serrat se me ocurre algo: se me ocurre que podríamos compartir una botella entera cuando quieras. Esta vez invito yo. Y perdona por haberte confundido con mí mismo: solo soy un pobre rico en prejuicios. Un abrazo.