Cenas de empresa

Hay jefes brasas, esos que se pasan la vida contando chistes y batallitas insufribles; los hay negreros, que solo les falta llevar un látigo; ogros, que tal parece que se desayunaran con ácido acético; mercaderes de Venecia, tacaños a más no poder, que le arrancarían a cualquiera el corazón por dinero; Lucifer, que hacen de la vida se sus subordinados un infierno; incluso los hay Santo Job, pacientes y con buen rollito, sobre todo si administran pólvora real y les importa tres cojones la cuenta de resultados.
Al igual que los jefes, las cenas de empresa las hay de todo tipo de condimentos y sinsabores; a mí, en general, me agradan: la peña se relaja y, si uno logra mantenerse prudente a la hora de empinar codo, consigue leer en los cuerpos y en las miradas de los presentes lo que sus labios reprimen; lecturas erótico festivas, la mayoría, aunque también te puedes encontrar con algún que otro desencantado, o con algún Iscariote, como en aquella francachela donde se traicionaba con besos.
El otro día me invitaron en una cena de empresa. Lo pasé de puta madre. Me fui antes de vomitar en el baño como la gente normal, me retiré a mis aposentos bueno y sano. Mientras conducía de regreso a casa recordé un cuento que leí en alguna parte. Espero que os sea de provecho: 
Fulanito, trabaja en una empresa desde hace varios años: Serio, cumplidor, puntual. Al conocer el ascenso de Menganito, que entrara hacía seis meses, se lo echa en cara a su jefe: “Estoy a gusto con mi puesto de trabajo, me esfuerzo todo o que puedo, pero considero que he sido ninguneado”. “Entiendo –le dice el mandamás-, arreglaremos eso cuanto antes; pero ahora me gustaría que me ayudaras: quiero que haya fruta de postre en la cena de la empresa; por favor averíguame si en la tienda de enfrente tienen fruta fresca”. En un santiamén Fulanito ya está de vuelta con la respuesta: “Jefe, tienen naranjas”. “¿A qué precio? “Ah, eso no lo pregunté”. “Bien, ¿viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal?”. “Tampoco se lo pregunté”. “¿Hay alguna fruta que pueda sustituir a las naranjas?”. “La verdad es que…”. “Bueno, siéntate un momento”. 
El jefe levanta el teléfono y llama a Menganito. Mismo encargo y mismas instrucciones. Menganito tarda un poco más que Fulanito en hacer la gestión, pero he aquí el resultado: “Jefe, tienen naranjas, las suficientes para atender a todo el personal y, si prefiere, también tienen plátanos, piña y mangos. La naranja está a 3 euros el kilo; el plátano a 2 euros, la piña a 2.50 euros y el mango a 5 euros. Comprando cantidad nos harán un descuento del 10%. Ya dejé apartadas las naranjas, pero si usted escoge otra fruta debo confirmar el pedido”. 
Moraleja: El potencial está en las personas. 
Y dos: no me invitéis a ninguna cena de empresa, que soy un aguafiestas.