El mal menor

Las últimas sesiones de control al Gobierno en el Senado y en el Congreso nos han proporcionado el primer gran mitin colectivo en esta precampaña electoral. Ambos debates han mirado ya al día después del 28 de abril y los protagonistas, entre alusiones a colchones recién estrenados y chaquetas apolilladas, nos han mostrado el rostro y el tono con el que piensan afrontar las semanas que se nos vienen encima camino de las urnas. Y hay dos cosas que resultan realmente sorprendentes.
La primera, el afán por dinamitar puentes, que deja un panorama desolador teniendo en cuenta que la elección, según las encuestas publicadas, dejará un parlamento atomizado que requerirá de acuerdos para forjar una mayoría de gobierno, salvo que el plan alternativo sea repetir elecciones eternamente buscando mayorías propias imposibles. Acabar con el bipartidismo era esto, pero parece que algunos no han leído aún, o no han entendido, el manual de instrucciones para gestionar este nuevo tiempo que ha llegado para quedarse. La gran victoria de Vox es que ya todo el mundo le considere parte sustancial en el tripartito que posibilitó el gobierno en Andalucía y se fotografió para la posteridad en la plaza de Colón. Ciudadanos, que creció y se consolidó como una opción bisagra y posibilista, capaz de articular mayorías en una y otra dirección porque, se nos decía, lo importante eran las políticas y no las siglas, parece que ya ha optado sólo por un camino. Es su derecho, desde luego. Su extremo derecho, podríamos decir.
La segunda cosa sorprendente es que los discursos que se nos proponen tienden a minar la solvencia del contrario en vez de afirmar las virtudes propias, mostrando una inmadurez impropia de una democracia consolidada. Quizás no las tengan, pero pocas cosas pueden resultar más deprimentes que considerarse a sí mismo el mal menor, intentando lograr una victoria boomerang por la vía de que los ciudadanos no voten al rival. Es una opción arriesgada, además, porque si logras ganar, será una victoria menor, como pegar a un niño; pero si se da la circunstancia de que pierdes frente al que has tildado de incompetente, insolvente, indigno y poco fiable, tu talla política tenderá al subsuelo. Algo muy preocupante en un país que, frente a grandes problemas y desafíos, pocas veces antes ha necesitado una política y unos políticos de altura.