Hartazgo y secuelas de la rebelión de Cataluña

Hartazgo y secuelas de la rebelión de Cataluña

Yo soy uno de tantos de esos millones de españoles que estamos hartos, aburridos, asqueados del asunto de Cataluña. Se ha hablado tanto, se le han dado tantas vueltas; han vuelto circular los mitos, las mentiras, los lugares comunes, que francamente se me quitaron las ganas de añadir nada, de aportar algún análisis o punto de vista sobre este particular. De ahí que mi firma no haya aparecido en las páginas de opinión de Atlántico Diario por pura indigestión del asunto catalán. 
Aparte del daño en su economía, de la quiebra en su sociedad y de la serie de secuelas que el alzamiento del Gubern y el Parlament contra el orden constitucional dejarán en Cataluña y el resto de España (pensemos que apenas estamos en una de las fases del imprevisible giro del conflicto, ahora ya con tintes de sainete), hay otro daño que me preocupa tanto o más: su contagio al resto de la sociedad española, cuyo amargo fruto es, por un lado, el extremismo de algunos sectores de la extrema derecha española, que resucita demonios familiares del pasado, y la incompresible justificación de la deriva de Cataluña por parte de algunos sectores de la izquierda y del nacionalismo no sólo periférico tradicional, sino al que se suma el pintoresquismo del nacionalismo andaluz a ritmo de fandanguillos.
Aquí, en Galicia, desde esos sectores nacionalistas que creímos de izquierda,  se han alzado carteles de apoyo, manifestaciones de aliento, análisis falsamente jurídicos festoneados de las más pintorescas razones para apoyar la rebelión de una parte de Cataluña, preparando armazones de razonamientos para sustentar el llamado derecho a decidir, los acuerdos del Parlament, la estrategia y objetivos de la Generalitat cesada. Y en ese sentido, sorprende que desde dichas trincheras broten voluntarios dispuestos a enrolarse bajo las banderas que en su día alzó la burguesía, la derecha nacionalista catalana que en este asunto se ha dejado conducir por los anarquistas de la CUP y sus extraños aliados de la Esquerra Republicana.
Lo que no se atreven del todo, pero lo sugieren, fuera de los gritos y pancartas de reglamento en las manifestaciones de los patriotas nacional populares, es razonar que a nosotros nos vendría bien una fórmula parecida a la que se respalda, justifica, pondera, alaba y defiende para la región catalana. Otros, si se quieren homologar con la utopía catalana que apoyan, respaldan y alientan.
 Este daño es irreparable. Y para cada giro negativo para la causa que apoya, una respuesta prefabricada. Si de Cataluña se marcha la sede social de casi dos mil empresas, algunas de las de Galicia se han ido a Portugal, por las mejores condiciones del precio del suelo. Cierto; pero no se alude a los centenares de trabajadores de Portugal que trabajan en los sectores industriales de Galicia; del propio capital lusitano invertido en Galicia, especialmente notable en los sectores cementeros o, lo que es peor, a la propia existencia de una eurorregión integrada, como es O Eixo Atlántico que llega hasta el Duero, donde las actividades industriales se complementan, compiten y conviven bajo un marco que no tiene nada que ver con el éxodo de Cataluña.
En fin, que somos cada vez más los que sentimos que este asunto nos distrae de otros problemas que nos urgen más a todos. Dejemos que actúe la Justicia, y esperemos que los partidos constitucionalistas demuestren, como demuestran los independentistas, sentido de la unidad, y en nuestro caso, altura de mirar y sentido de la realidad a la que deben enfrentarse, que prevalezca el interés colectivo de todos los españoles y no las cortas miras electorales de partido, que en realidad suelen ser mezquinos intereses personales de conservarse en sus propias esferas de poder el mayor tiempo posible. Por eso, en las grandes coyunturas históricas hace falta un sentido del Estado que, como ya hemos visto, andamos bastante escasos. No parece que, en concreto en el PSOE, prevalezca aquello que dijo Fernando de los Ríos de las prioridades de un verdadero socialista: Primero debe pensar en España; después, en el partido; finalmente, en sí mismo.