La afable sonrisa de Gonzalo Adrio Barreiro

La afable sonrisa de Gonzalo Adrio Barreiro

Un poeta latino dijo que hay hombres necesarios hasta al punto que cuando mueren la Humanidad toda se resiente porque pierde un, con frecuencia irremplazable, elemento de valor. Hay hombres sencillos, generosos, simplemente buenos, de sonrisa franca. A esta escasa categoría pertenecía Gonzalo Adrio Barreiro. Era una excelente persona y por ello era un socialista ético. Tuve el privilegio de un largo trato, especialmente en los años finales del franquismo y primeros de la democracia.
Cuando fui procesado por un reportaje en “Hoja del Lunes” de Vigo y la revista “Sábado Gráfico” sobre la represión fascista en Tui, donde de manera groseramente miserable se montó el proceso de los últimos republicanos que se mantuvieron leales a la Constitución, su colaboración fue determinante para encontrar irrefutables testigos y pruebas que solventaron mi defensa y armaron la absolución que me otorgo la Audiencia Provincial primero (cuyo tribunal presidía el padre de Mariano Rajoy) y confirmó el Supremo, y que más que nada constituyó una reparación moral para los familiares de las familias de los ejecutados en aquel terrible episodio del final de la guerra civil en Galicia.
Pero esta vivencia personal es solamente un episodio de la altura moral y de la categoría humana de Gonzalo Adrio Barreiro. Aunque sus sentimientos se volcaron en un libro de inconmensurable valor testimonial, “Sin odio, sin rencor, pero el recuerdo vivo”, permanece en mi ánimo el recuerdo de tantas conversaciones personales sobre la suerte de su hermano José, ejecutado por el franquismo, por haber sido un joven gobernador republicano y haber ejercido otros cargos consecuencia de su militancia y compromisos e ideales. En aquel conmovedor relato jamás aprecié odio ni deseo de venganza contra quienes (entonces todavía vivos ellos o sus hijos con los que podías encontrarte por la calle), sino un generoso sentimiento de hacer una sociedad mejor donde tales hechos nunca se repitieran. Con razón dijo que “El mayor fracaso de los fascistas que no lograron que los odiemos”.
Y como en todos los hombres de anchos perfiles, Adrio era un sensible jurista, un abogado comprometido y un reconocido estudioso del Derecho Civil de Galicia, entre otros saberes. En su día escribió un artículo que para mí sigue siendo una reflexión sobre el papel del letrado dentro del Estado de Derecho. Se tituló “El abogado no es neutral”, va más allá de las responsabilidades éticas y deontológicas de los abogados, obviamente compatible con el constitucional Derecho de Defensa o Presunción de Inocencia; pero al tiempo delimita el espacio de legitimidad y decencia, repito, decencia, dentro de que se espera que el abogado, que no es un simple elemento neutral, debe actuar.
Ha vivido Adrio una larga vida. Una vida fecunda en hacer el bien y regalarnos su amistad a los amigos. Ya no existe desde hace años aquel café de la Alameda donde solíamos quedar. Pero los hombres buenos como él, los hombres imperecederos siguen vivos en la memoria y el recuerdo de quienes recordamos su afable sonrisa.