Todo lo que pueda salir mal, saldrá mal

Todo lo que pueda salir mal, saldrá mal

Frenesí en el Ejecutivo. Saben que todo lo que pueda salir mal, saldrá mal. Y todo indica que al Gobierno, embarcado en aventuras cuestionables derivadas del necesario combate al desvarío secesionista, son muchas las cosas que presumiblemente le saldrán mal, es decir, nos saldrán mal a todos nosotros. Los editoriales de los medios no han sido compasivos con el equipo de Mariano Rajoy, que osó 'desafiar' al Consejo de Estado recurriendo ya contra la futura investidura de, probablemente, Puigdemont. O sea, que hay muchas incertidumbres en el panorama: ¿será Puigdemont el único candidato a la presidencia de la Generalitat? Y, llegado el caso, ¿cómo se vota la investidura y cómo se concreta? ¿Telemáticamente? Imposible. ¿Se colará clandestinamente en el Parlament para ser investido, tras entrar subrepticiamente en España? ¿Se plantará de pronto a la puerta del Parlament, parta ser detenido ante las cámaras de las televisiones de medio mundo? Y antes de eso, ¿admitirá el Alto Tribunal el recurso del Gobierno, lo rechazará? Todas las hipótesis provocan sudores fríos al Gobierno, que se empeña en ofrecer una imagen de calma, como si nada pasase. Pero van a pasar muchas cosas de aquí al próximo miércoles. Y buenas para el Estado, temo que pocas.
Pasan cosas. Vaya si pasan. Pasa que el Ejecutivo que preside Mariano Rajoy está dando, pese a su campaña cosmética, una idea de precipitación en lo legal, inadmisible en un equipo de abogados del Estado, y de total ineficacia en la comunicación, que es mal crónico en los planteamientos de nuestros políticos. Hay guerra entre sectores de la comunicación en La Moncloa, hay guerra entre los ministros, hay intentos de lapidación -creo que no muy justa- a la vicepresidencia del Gobierno y hay guerra entre Mariano Rajoy y algunos de sus asesores. Y así nos encontramos con una precipitada convocatoria de Soraya Sáenz de Santamaría a la prensa para anunciar un recurso contra una sesión de investidura que aún no se ha celebrado. Un paso no recomendado por el máximo órgano consultivo en política, el Consejo de Estado, que se ha visto obligado a discrepar públicamente de lo hecho por el Ejecutivo tratando de paralizar por la vía de los tribunales la investidura futura de Puigdemont.
Ni quiero ni posiblemente esté este cronista capacitado para evaluar jurídicamente si este intento de paralizar mediante recurso la temida investidura de Puigdemont tiene o no cabida en la corrección y en la normalidad legal. Pero sí me siento en disposición de afirmar que parece, a priori, un disparate en el orden de la comunicación del Ejecutivo, una precipitación política y una muestra de desesperación que casa mal con el intento de Rajoy de mostrarse flemático e indiferente a un hecho que me parece cada día más grave: que alguien como Puigdemont tenga en un puño al Gobierno central, máximo representante del Estado, o que dé esa apariencia, se nos muestra como al menos algo muy peligroso. Pero es así como enfrentamos un fin de semana trascendental, en el que hervirán los teléfonos, pero en el que seguirán cortadas las comunicaciones tanto con el fugitivo en Bruselas como, creo, con los encarcelados en prisiones españolas.
Y es esto lo que chirría: que el Ejecutivo actúe tan por su cuenta, sin esperar al dictamen -no vinculante- del Consejo de Estado. Un olvido que abrirá presumiblemente una amplia brecha institucional y dará alas al independentismo para insistir en sus tesis victimistas, acusando al Ejecutivo de pretender inmiscuirse de manera ilegal en los asuntos de Cataluña. Los golpistas por excelencia, acusando al Estado de ser él quien propicia el golpe.
El Gobierno central está noqueado, pero la mala partida durará hasta, al menos, este miércoles, una vez que se hayan hecho públicos los resultados de la sesión de investidura del martes. Y esos resultados en ningún caso pueden -incluso aunque deriven en una repetición de las elecciones catalanas- seguir calificándose como positivos. Ni siquiera neutrales.
 La sensación es la de que todo va mal, ya digo. El Gobierno tendrá que sacar fuerzas de flaqueza para contrarrestar lo que le, nos, viene en esta semana próxima.