Un Parlament que va a ser la casa de los líos

Un Parlament que va a ser la casa de los líos

Cuando, este miércoles, se constituya el Parlament salido de las urnas catalanas el pasado 21 de diciembre, seguramente se habrá dado un paso más hacia un nuevo caos. Que es lo que los independentistas, con la complicidad del mirar a otro lado de los constitucionalistas, han traído a Cataluña desde que esa catástrofe ambulante llamada Artur Mas -este lunes, en los tribunales- decidió romper con sus antiguos planteamientos en 2012 y lanzarse por el camino del 'procés'.
Dicen que seguramente será Ernest Maragall, otrora hombre fuerte en el PSC, hoy en la órbita de Esquerra, quien suceda a la golpista Carme Forcadell al frente del Legislativo catalán: el hermano del que fuera 'president de las ocurrencias', Pasqual Maragall, es conocido por sus bandazos y por un temperamento, ejem, peculiar; en todo caso, no mandará mucho, porque va a estar teledirigido desde la prisión de Estremera, piensan no pocos en Barcelona. Y este es ya un dato del caos que viene a superponerse al caos ya existente.
Las especulaciones de última hora creen que hay un pacto subterráneo entre Esquerra y la plataforma de Puigdemont para 'repartirse' el Parlament y el Govern, dado que el huido en Bruselas no parece cejar en su pretensión, quien sabe si imposible, de presidir la Generalitat, aunque sea por persona interpuesta.
Aseguran que este fin de semana se estaban produciendo 'conversaciones telefónicas muy intensas' con la capital belga, visitada muy asiduamente por los incondicionales 'puigdemontistas' de JxCat, que no son exactamente los mismos que ahora comandan el timón del PDeCat, sucesor de Convergencia Democratica de Catalunya. Es, ya lo sé, un lío, pero qué quiere usted: es el lío que ha ido montando, en su (falta de) estrategia un personaje con tan poco fuste político y tanta carga aventurera como Carles Puigdemont, que, me consta, tiene horrorizados a sus antiguos socios de la Esquerra Republicana. Que, de acuerdo, puede que sigan siendo sus socios, pero que claramente divergen en cuando a planes y tácticas con el huido, cuyo futuro personal y profesional parece, en estos momentos, bastante comprometido y más bien lejano de la presidencia de la Generalitat.
Todas estas incógnitas las hemos de resolver en los próximos quince días, antes sin duda de que se celebre una sesión de investidura que hoy parece no tener unos perfiles demasiado definidos, más allá de que el molt honorable president de la Generalitat será, claro, un independentista. O nadie, si los de Puigdemont insisten en la pretensión de que sea este, telemáticamente o como fuere, el investido desde la distancia. Mil trescientos kilómetros, el doble que el recorrido entre Barcelona y Madrid, separan a la Ciudad Condal de Bruselas: difícil gestionar el día a día de los catalanes, aunque sea a través, ya digo, de persona interpuesta, desde tan lejos.
Así que andamos, de nuevo, asomados al abismo. Sin que se encuentren soluciones políticas de diálogo 'con Madrid', donde parece aguardarse a que las fuerzas independentistas lleguen a algún tipo de solución que no les eche encima a los jueces... o que se estrellen en sus propias especulaciones. Resulta sorprendente, en todo caso, la pasividad de las fuerzas constitucionalistas, mucho más atentas a lo que dicen las encuestas sobre intención de voto de los españoles, que a lo que pueda o no ocurrir en este trozo de España llamado Cataluña.
Están todos como a la espera, mientras se enzarzan en debates internos sobre si hay o no que hacer una remodelación ministerial para insuflar aire nuevo al partido, en el caso del PP, o si hay que ir más o menos a la izquierda para anticipar los movimientos que puedan darse en Podemos, en el caso del PSOE. En cuanto a Ciudadanos, ya incluso están hablando de con quién gobernarán y cómo, a la vista de que algún sondeo les da como hipotéticos ganadores en unas elecciones generales.
Quizá lo que estoy afirmando pueda parecer injusto, pero es una percepción generalizada en muchos círculos políticos y profesionales: una vez más, el resto de España mira hacia otro lado cuando de Cataluña se trata. Quizá porque nadie encuentra soluciones al inmenso lío que allí se ha montado. Quizá porque no han entendido que es imposible ganar votos en Gerona y en Zamora al mismo tiempo y que, por tanto, ha llegado el momento de ser impopular, inmolarse, en busca de soluciones para arreglar algo, algo, la relación con el nacionalismo-separatismo catalán, que es el principal problema que tenemos ahora todos los españoles. El independentismo. Que no ha podido ver triunfar su tan mal planteada revolución, pero que tampoco ha visto que naufrague del todo, ante el éxito en las urnas. Y es hora de imponer algo, algo, de cordura en la vida política catalana y, de paso, en el conjunto de la española, que ya se va deslizando otra vez por los cauces desgraciados de 2016.
Con los partidos 'reorientándose', con el Parlamento nacional casi cerrado por vacaciones, con el Ejecutivo bajo mínimos en medio de voces que reclaman una crisis gubernamental, con el Judicial en plena polémica interna sobre lo que se puede o no hacer en una coyuntura inédita que está poniendo a prueba la eficacia de no pocas leyes, el Parlament se pone en marcha. Vuelvo al titular con el que encabezo este comentario: me temo que los líos están asegurados en aquella casa imposible.