Thoreau, el pre hippy

Thoreau, el pre hippy

Hace un jueves, o dos, hablamos aquí de lo que vulgarmente se conoce como "la puta mili". En realidad de quien se hizo intención de tratar fue de Thoreau, ahora y de nuevo tan de moda, y de hacerlo a propósito de su encendida defensa del capitán John Brown de quien escribió que era "como un discurso de Cromwell al lado de los de cualquier rey". Recordado y dicho queda. Ignoro ahora, al menos en este momento, cuando comienzo a escribirles a ustedes, si hoy acabaré hablando de Thoreau... porque empezaré haciéndolo de Josep Pla, el gran escritor ampurdanés que los catalanistas no consiguen apreciar del todo y de la misma manera que les sucede a los españolistas que tampoco se fían demasiado.
Pla fue tildado de todo tipo de inconveniencias, desde presentado como espía franquista y traidor a Cataluña, hasta prácticamente todo lo contrario; cuando es de suponer, incluso de admitir, que de lo que se trató fue de un hombre libre, que supo ejercer su oficio de escritor, de gran escritor, a despecho de unos y de otros, en aras de su independencia de criterio y haciendo bueno el discurso de nuestro Padre Benito Jerónimo Feijoo-Montenegro: "Así yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre lo que me dictaren la experiencia y la razón". Por lo que pudiera decirse que sí, que no fue aliado de los enemigos del primero, del que no fue esclavo, aunque sí e indudablemente fue amigo hasta donde su conciencia se lo permitió. Algo así o parecido debió de sucederle a Josep Pla. Franquista puede que lo fuese, pero desde luego que no un esclavo sometido a los dictados del régimen; al menos si tenemos en cuenta textos como el que les reproduzco ahora, cuando andamos a vueltas con la momia del Finado y, como siempre, cuando este país continúa siendo el de La Parrala y unos dicen que sí y otros dicen que no, sin llegar nunca a establecer términos medios poniéndose de acuerdo. Y ahí les va la larga cita del texto de Josep Pla que les prometí hace unas líneas:
“Este abyecto régimen de Franco. La inmensa cantidad de generales, almirantes, etcétera, de este país ha vivido el mejor momento del siglo. España es un pantano de mierda de enormes dimensiones. Después de la Guerra Civil y el triunfo de Franco, se produjo tal invasión de golfería que fue literalmente imposible seguir creyendo. Si una resquebrajadura de cualquier tipo dejara pasar el aire, se derrumbaría todo el pantano. Las autoridades no son más que los inspectores del mantenimiento estable de la mierda. He escrito en los periódicos, he hablado en la radio, he publicado libros, he obtenido un premio. Todo lo he hecho para ganarme la vida. Nunca he hablado de política. Es decir, he hecho constantemente oposición no hablando de política. En los tiempos que me ha tocado vivir, no podía hacer nada más. Nunca he sido un héroe —que quede bien claro—. Pero ¡qué pena!”.
Ahora cuando se lleva tanto lo de los plagios, se habrán fijado en que cito y entrecomillo al tiempo que pretendo no superar el treinta por ciento de este espacio ocupado con las palabras de otros, non vaia se-lo demo. Y sigo con Thoreau a ver por dónde salgo.
Thoreau disfrutó de no poca consideración a lo largo de los estertores del régimen de Franco -si es que se les puede llamar así a aquellos años que ya no recordamos ominosos- en el que se ejecutaron sentencias de muerte basadas en hechos no demasiado sólidos, caso de la de Baena, quien al parecer estaba en Portugal mientras se cometieron las atrocidades que se le imputaron- y está regresando ahora, en estos tiempos en los que regresa la autocensura, en los que el puritanismo reinante coarta la libertad de expresión y aun alguna otra, y en los que la exigencia intelectual repta por los suelos no se sabe si como una culebrita o simplemente como un gusano.
Por eso quizá sea bueno recordar que si fue algo, si Thoreau fue algo, esto consistió en anticiparse a los hippies, a la explosión de la contracultura e incluso a la del radicalismo de aquellos años; un radicalismo que poco o nada tiene que ver con este que nos invade ahora en forma de intransigencias animalistas, mezcladas con ideas anarco-capitalistas, reduciéndolo todo a días dedicados a esto y a lo otro de forma que ya casi ninguno se celebra, ninguno cumple su función y todo vale. ¿Entonces por qué Thoreau de nuevo y Pla de vez en cuando?
Ya saben que no suelo tener recetas y menos despachárselas a ustedes, así que ahí les queda la pregunta para que se entretengan. Mientras tanto y para terminar de algún modo, animándoles a que busquen respuestas, me limitaré a seguir copiando contándoles una anécdota de Henry David Thoreau. Sucedió durante la guerra de los EEUU, contra México. Durante ella Thoreau se negó a pagar impuestos por entender que estos ayudarían a sostenerla, razón por lo que fue a la cárcel. Emerson, que junto con Withman , Melville y el propio Thoreau fue uno de los grandes, acudió a visitarlo y le preguntó "¿Qué hace usted aquí dentro?" a lo que Thoreau le respondió: "¿Y qué hace usted ahí afuera?".
Dicen que la anécdota no es cierta y suele atribuirsele a más de un personaje; pero ahí se la dejo a ustedes (y de paso me la dejo a mí) pues tanto necesito respuestas que aclaren el confuso paisaje que nuestra actualidad ofrece. Tan ajena permanece, tan lejana está de un Cromwell con discurso propio.