El mundo cambia, los hombres no

El mundo cambia, los hombres no

No recuerdo si fue en el caso de la batalla de Lepanto o si fue en el de la de San Quintín. Pero sí que, después de una de las dos, Felipe II tardo dos meses en conocer su resultado. Eran tiempos aquellos en los que, al despedir un barco desde el puerto y dejar de verlo tan pronto como este estuviese a catorce millas náuticas de la costa, después de haber desaparecido tras de la que Manuel Antonio llamó la cuerda floja del horizonte, nadie que hubiese despedido a alguien que se hallase a bordo de ese barco contaba con grandes posibilidades de que pudiese volver a saber de él en el resto de su vida. Entonces y después, también antes, los maestros y profesores, los que enseñaban y transmitían conocimientos, ya eran criticados. Y todos lo sabemos. Así que podemos evitarnos los alardes eruditos, las pomposas citas literarias, las alusiones a los domine cabras y toda la parafernalia que podría venirnos de perilla.
A los profes los criticaban los alumnos y los criticaban también los padres de los alumnos; a veces esas críticas transcendían, a veces no, pero sobrados ejemplos hay de unas ocasiones y de otras. De entonces a hoy, en este aspecto, nada o muy poco es lo que ha cambiado. Sin embargo, cuando alguien se va del país –ahora en un jet a reacción en el que en siete horas te puede plantar en Caracas, haciéndolo en el mismo tiempo que antes podía emplear el Auto Industrial en traerme a mi desde Pontevedra- puedes no solo tener noticias suyas sino hablar con él por Skype, viéndole la cara y gratuitamente, en tiempo real y sin darle ya importancia alguna a lo que ya no consideramos un milagro, si no algo habitual y merecido. Al mismo tiempo, las batallas que se celebran hoy las puede televisar la CNN en tiempo real desde el justo momento de su inicio y nosotros podemos contemplarlas convenientemente repantingados en un sillón de orejeras.
De la misma y proporcional manera las críticas al profesorado, en vez de ser llevadas a cabo en corrillos a la salida del colegio, antes de la reunión de la asociación de padres o en cartas a los directores de periódicos, se celebran ahora por WhatsApp en esos grupos o chats o ya no sé cómo se llaman, pero que se celebran en la aparente intimidad de un grupo más o menos cerrado, pero nunca intencionada o deliberadamente público; así, la correspondencia escrita que antes era inviolable ha de dejado de serlo, de modo que ahora un chiste enviado por WhatsApp, un comentario ácido sobre un profesor, una crítica aviesa sobre una asignatura, pueden hacer tambalear desde la autoridad de ese profesor hasta el propio sistema educativo. Pero no hay nada nuevo bajo el sol.
Algunos de los que pertenecemos a la generación que hizo posibles todos o gran parte de los avances explícita o implícitamente citados, asistimos con algo de susto a todo este proceso. Un chiste de mal gusto puede llevarte a la cárcel, un par de coca colas servirte en bandeja el repudio de los tuyos, un comentario sobre la inutilidad o incompetencia, ciertas, de un profesor pueden colaborar a una conmoción pedagógico-didáctica y socavar una autoridad que cada profesor debe labrarse, día a día, dentro del aula y en directo contacto con sus alumnos. Ninguna otra que no provenga de ahí será nada con la que sí proceda de esa interacción diaria.
El mundo ha cambiado, la que no lo ha hecho es la condición humana que sigue siendo exactamente la misma que siempre ha sido. Por eso es absolutamente imprescindible que los legisladores elaboren leyes que se adapten a los nuevos tiempos y a los instrumentos que estos han puesto a nuestro alcance redefiniendo, de una muy puñetera vez, lo que es público y lo que es privado, lo que es consentido y lo que no está indicado.
Los comentarios, los chistes, las noticias son las mismas de siempre, eso no cambia al no cambiar la condición humana; lo que sí ha cambiado es su expansión, la amplitud de esta, la velocidad con la que lo hace y hay que conjugar el derecho a la crítica, con el deber de respetar la privacidad y la integridad de las personas. Por eso no hay que empezar una guerra entre padres y profesores, entre alumnos y padres, entre profesores y alumnos sino que los legisladores, a los que nadie considera así limitándose a llamarlos parlamentarios o políticos, en vez de anden a liarla con un quítame allá ese par de coca-colas o señalando el personal e interesado deseo de que a ver si esa hijaputa se afilia al partido de una vez, se deciden de una bendita vez en ponerse a la altura de los tiempos y legislan de modo que el marco de convivencia que las leyes rigen esté acorde, entre otras, con las tecnologías actuales, la capacidad de difusión de críticas e ideas y ese terrible peligro que encierran todas ellas que permite que al tiempo que unas se magnifican otras se minimicen hasta la exageración o hasta el desamparo.