Del veraneo a las vacaciones

Del veraneo a las vacaciones

Quienes cursamos el bachillerato de acuerdo con lo indicado por el plan de educación promulgado en 1953, solíamos empezar nuestros años académicos más que iniciado el mes de octubre e incluso, en ocasiones, se nos echó encima la festividad de la Inmaculada sin apenas habernos dado tiempo a encuadernar nuestros manuales de texto. Excusado está advertir que, llegado mayo, viniéndosenos encima el tórrido calor que antecedía al verano, solíamos ausentarnos de las aulas camino de Los Caños, en la orilla del Miño opuesta a la de Oira, en donde tan ricamente dejábamos que transcurriese la mañana. En realidad, tales ausencias, solo las llevaban a cabo los más golfos de entre todos los alumnos, yo entre ellos, claro.
El verano, mejor dicho, lo que antes se llamaba "el veraneo", una posibilidad que no se le ofrecía a todos y que ahora se reduce a "unas vacaciones", lo que se dice comenzar, comenzaba a partir del 18 de julio, festividad que si hoy y felizmente permanece ya que no olvidada sí al menos carece ya de celebración alguna; aunque alguien habrá que siga sintiéndose orgulloso del inicio de un levantamiento que enfrentó hermanos y dividió y diezmó familias. Pero hablábamos del veraneo.
Entonces, la gente de Ourense, la pudiente, solía ocupar Sanxenxo casi por entero, desde ese día frenético del 18 de julio, dispuesta a habitarlo hasta septiembre, hasta Santa Rosalía, por ejemplo, cuando se celebraba la Feira da Cebola, en el primer fin de semana de ese mes último del verano, en una feria que derivo en Fiesta y debe ir ya por su número treinta y tantos. Se celebra en un hermoso mercado callejero, al pie mismo del mar y sirve para que las cebollas, no otra cosa, sean las causantes de las lágrimas de quienes han de regresar a sus cuarteles de invierno ya que finalizó el verano.
La vida era entonces así de plácida, al menos para algunos. No para los más, es cierto; pero si para no pocos ourensanos que, con los madrileños, eran los reales ocupantes de Sanxenxo en el verano. Incluso la ocupación alcanzaba a Portonovo, hermoso lugar entonces, mucho más que ahora, cuando las casas marineras lucían cada una su color, gracias a la pintura sobrante de haber pintado los cascos de los grandes barcos que surcaban el océano. Incluso, entre Sanxenxo y Portonovo, se había levantado una pequeña urbanización compuesta de viviendas de las que entonces eran llamadas "casas baratas" a las que la malicia popular conocía como el barrio de Corea. De ellas, no pocas, fueron ocupadas por funcionarios del entonces sindicato único que representaba a la vez a trabajadores y empresarios; un lío que nadie conseguía entender del todo y que incluso, en ocasiones, funcionaba. En ese barrio de Corea, en recuerdo de la guerra celebrado en el paralelo 38, se establecieron no pocas familias de veraneantes ourensanos.
Todo esto sucedió hace ya bastantes años. Después vino el desarrollo y llegó la Autonomía. A madrileños y ourensanos se le unieron los pontevedreses que, carentes de chalets, empezaron a alquilar pisos a pie de playa en unos edificios que acabaron por desplazar a aquellos. Y ahí empezó el desastre consistente en que, llegadas estas fechas, Sanxenxo se convierte en la tercera o cuarta población gallega desplazando al Ourense que sigue en población a Vigo y A Coruña.
Llegó la Autonomía y los políticos pontevedreses se asentaron en Sanxenxo durante sus días de verano, Rajoy entre ellos, claro, de forma que otros, y otros, y otros más, empresarios y políticos deseosos de coincidir con el poder en la playa de Silgar, cuando no en el lento paseo vespertino celebrado por la acera que la circunda y que tanto, aunque más lento, recuerda la coreografía de un mal ballet, pues tan lleno está de sonrisas y traspiés, de pasos en falso y de battement dégagé desarrolladores del empeine y mejoradores de la flexibilidad de los tobillos, cuando no de ballonné pas, de saltos sobre el pie, sur le cou-de-pie, casi una levitación que se diría; en fin, que allí acude mucho bailarín.
Entonces eran veraneos, iban de julio a septiembre, a veces incluso desde junio. Fue cuando se inventó el término Rodríguez para designar a los varones que se quedaban solos en sus casas mientras su familia se ausentaba camino del mar o la montaña. Luego empezó esto de las vacaciones y a alguno no debió parecerle bien que todos las tuviesen de forma que se dijo: ¡Ya está bien de que veraneemos todos! ¡Aquí veraneamos los de siempre! ¿Qué es esto de que todos estudiemos? ¡Aquí estudiamos los de siempre! ¡Estaría bueno! ¡Hay que poner a la gente en su sitio! Y a fe que la pusieron. Pero Sanxenxo sigue siendo una locura y es verdad que ya no hay veraneo, casi ni para los de siempre. Ahora hay, como mucho, un mes de vacaciones. Una locura de sol y playa, de moscas y abanicos, de protectores solares y cremas hidratantes, cuando no la fresca placidez de la ribera de un rio ameno flanqueado de ameneiros, susurrantes a impulsos de las brisas frescas de la tarde. Quizá por esos locus amenus puedas regresar el mundo a su lugar de siempre. Habrá que esperar para poder verlo y alegrarnos de llegar a conseguirlo pero para empezar que bien se está en donde se está bien y se aparca bien el coche.