Debates de pim-pam-pum

Debates de pim-pam-pum

El economista Juan Torres abandonó el programa que se emite el sexto día de la semana por el sexto canal de televisión y se titula La Sexta Noche. Está dirigido por un presentador que se llama Iñaki López, antaño adornado con un esbozo de perilla a lo Lope de Vega que me pareció hoy desprovisto de ella, según acabo de comprobar en ese invento demoniaco que es el Facebook.
El peculiar modo de moderar los debates de quienes dirigen los diferentes tipos de programas, al menos de los que así se pudieran considerar de entre los emitidos por La Sexta, parecen estar más dirigidos a la confrontación que al esclarecimiento de ideas, más encaminados hacia los interrogatorios que hacia las entrevistas y mucho más decididos a lograr un aumento de sus índices de audiencia que el de información y conocimiento de sus espectadores. 
Quiere decirse que se parecen más a un pim-pam-pum dialéctico que a un informativo serio. Un pim-pam-pum organizado desde una supuesta izquierda para que se diviertan los de una indudable derecha, o el confuso resultado de la mezcla de ambos, llevados palmariamente de la mano por ese par de sesudos intelectuales que responden a los nombres de Eduardo y Francisco con los respectivos apellidos de los Inda y los Marhuenda de toda la vida.
Acusaba el señor Inda, con el evidente regocijo del señor Marhuenda, al señor Torres, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, de pertenencia a ese potaje madrileño conocido con el nombre de Podemos, capaz de mezclar chorizos con garbanzos negros, carnes magras con rancios tocinos y así sucesivamente hasta hacer derivar al cocido en una ensalada de siglas de la que lo más que sobresale es la coleta del su líder indiscutible y máximo que, al parecer, liga con todo lo que se le ponga por delante.
Juan Torres se limitó a negar su pertenencia partidaria a la organización política en la que tantas siglas se conjuntan y, pese a esa ausencia de militancia, a admitir haber asesorado en el área de su competencia, es decir, en el área económica a la formación que le había solicitado su cooperación en este aspecto. Lo que no le convierte en militante, ciertamente.
Las continuas afirmaciones del catedrático eran seguidas de la sonrisa retorcida del señor Inda, feliz que se encontraba en su actuación, supuestamente profesional, consistente en señalar que “aquí dice que…” y allí dice cuá, pero sin aceptar nunca la negativa del profesor; una negativa que, de resultar falsa y ser demostrada su falsedad, comprometería mucho más que muy seriamente el prestigio y la autoridad académica y profesional de quien, con rigor y seriedad desmontaba la falsa afirmación del periodista. Una negativa que de ser falsa destruiría ambos, demolería el prestigio y la autoridad académica del profesor, además de su integridad personal nunca cuestionada.
El papel de este dinámico dúo de cantarines político/mediáticos no fue, nunca lo había sido y por lo que se ve nunca lo será en el futuro, cortado de raíz por el conductor del programa del que no se puede decir que lo alentase o lo aliente sino que lo consintió y consiente probablemente por entender que así se consigue incrementar los más que perseguidos índices de audiencia, cuando no las indicaciones de quien dirige la cadena.
Quizá yo entienda mal las cosas, pero debo confesar que si se me solicitase opinión acerca de cuestiones culturales tales como la necesidad de un ley del mecenazgo, de otra ley que reformase la de propiedad intelectual o de cómo, por ejemplo, contemplo la aplicación del IVA cultural que padecemos… o incluso de cualquier otro extremo al que mi experiencia me permitiese aportar algún conocimiento, fuese esta reclamación efectuada por fuerzas políticas de izquierda o de derecha, de solicitárseme esa opinión, no dudaría en aportarla y la facilitaría cabal y entera, tal cual, quedándole muy agradecido, por ejemplo, a la derecha si la tuviese en cuenta y aplicase mis criterios en la misma medida que se lo agradecería a la izquierda. “¿Gato blanco, gato negro? Lo importante es que cace ratones.” Lo importante son las medidas, lo importante es el hecho de ponerlas en práctica con independencia de quien lo haga, no precisamente quién las lleve a cabo.
En este tipo de programas no se emiten opiniones sino sentencias; no se escucha, se vocifera y se condena; no se dialoga, más bien se grita y se convierte todo en un circo en el que como se te adjudique el papel de payaso vas más que servido. Si se parangonan las actitudes y los gestos de sus participantes con los que lucen los de los que intervienen en los llamados del corazón o vaginales, con los reality shows o con aquellos otros con pretensiones pseudo sociológicas y se hace con el volumen de voz debidamente silenciado se podrá comprobar que son prácticamente equivalentes. Y si el volumen de voz es puesto de nuevo en funcionamiento la conclusión es que, mutatis mutandis, las argumentaciones son prácticamente semejantes.
El del profesor Juan Torres, al abandonar el estudio, fue un ejemplo de coherencia y dignidad, un recordatorio de que la ética existe y de que, a partir de ahora, debe ser defendida incluso hasta la extenuación. Ojalá al ejemplo del profesor Torres o al del proporcionado por la periodista Ana Pardo de Vera en su momento y a algunos otros más, no a muchos más, es cierto, se le fuesen sumando muchos otros hasta poner en evidencia la necesidad absoluta de una reflexión, serena, profunda y colectiva, sobre los peligros que acechan nuestra convivencia. 
En ese momento, cierto tipo de prensa volvería a ser respetada de una forma que se empezó a abandonar hace ya demasiado tiempo y quizá, a partir de ahí, nuestro país fuese de nuevo capaz de engendrar un ilusionante proyecto colectivo del que ahora carece por completo. A que sea así han colaborado el modo de debate impuesto por programas como éste en el que Inda y Maruhenda ejercen de adalides.