Casos y cosas de China

Casos y cosas de China

Cuando llegué a Nueva York por primera vez, lo hice como marino a bordo de un trasatlántico español que atracó en Nueva Jersey, al otro lado del Hudson, de modo que lo primero que vi de la ciudad fueron los edificios de Manhattan encendidos como brasas mortecinas. Era la hora del atardecer y eso lo explica todo. Tal contemplación no me impresionó demasiado; algo sí, pero no mucho. Esto es lo mismo que la postal pero a lo grande, me dije. Y así era. Manhattan, visto a esa hora desde el alerón del puente del “Covadonga” era una enorme postal en la que ni siquiera se apreciaba excesivo movimiento.
La única vez que estuve en China fue en Pekín. No se puede decir que conozca Pekín, Beijing se dice ahora. Conozco un hotel que no me acuerdo cómo se llamaba, conozco la feria del libro y tampoco me acuerdo de cómo llegué hasta ella (me llevaron) y recuerdo La Ciudad Prohibida; la Muralla China, ya en las afueras; la residencia de Verano de los Emperadores, también a cierta distancia, de modo que puedo confesar que la identificación entre la postal de las luces de Manhattan y la grandiosidad de los rascacielos contemplados a esa hora que les dije es semejante a la que sentí en esos lugares, sitos en Pekín y alrededores, que acabo de citarles. Lo que debe de estar sucediendo no es que me esté haciendo viejo, que lo estoy, sino que siempre haya sido así y sin remedio. Siempre me han conmovido los paisajes, la contemplación de la naturaleza y me han dejado bastante frío las ciudades, sobre todo las grandes ciudades en las que todo es grandioso.
Viene todo esto a cuento de que, en una película que vi el otro día, uno de los personajes afirmó que toda la China se regía por la hora de Pekín. Supongo que dada su extensión el territorio chino debe abarcar unos cuarenta o cincuenta grados de longitud; es decir, unos tres o cuatro usos horarios. Quiere eso decir que si el sol está a las tres de la tarde en el meridiano superior de lugar de Pekín, a esa misma hora en otro lugar serán las once de la mañana. Atenme ustedes esa mosca por el rabo si es que esto es así como ustedes y yo nos estamos imaginando. Camilo José Cela solía argumentar que “en la China, un chino mandarín, debajo del sobaco, usabn peluquín y, en La Coruña, un señor llamado Angulo, tocaba el clarinete con el culo. Moraleja, para cometer desatinos, nadie como los gallegos y los chinos”. Pues eso. ¡Y nosotros quejándonos por tener casi una hora de diferencia solar con Barcelona!
No sé si les conté que una vez, estando en México, comí con el no hace mucho fallecido Mario Vázquez Raña en la sede central de su cadena de noventa y tantos periódicos. Me preguntó si me gustaba la comida china, le respondí que sí si es que era buena y me respondió que muy buena la que podríamos comer sin salir de la sede evitándonos el tener que coger el helicóptero para ir a comer a cualquier otro lugar. Los ricos pueden vivir así.
Acepté encantado, o qué pensaban, y entonces me contó que una vez había ido a entrevistar a Den Xiaoping, presidente chino como todos ustedes saben. Mario Vázquez Raña, oriundo de Avión, ahí mismo al lado, era o había sido dueño, amén de muchas otras cosas, de la UPI, la United Press International, también de cadenas de televisión y radio y de esos noventa y tantos periódicos que les dije. Entre sus hobbies estaba el de entrevistar a jefes de estado de todos los países. En una de esas bibliotecas que se me quedan atrás cada vez que me abandona una mujer se quedaron dos hermosos volúmenes de entrevistas que Vázquez Raña me regaló en la ocasión conteniendo ciento cuarenta y tantas realizadas a otros tantos hombres de estado. Imagínense lo que eso significa. Se subía a su avión privado y se desplazaba a dónde fuese. También a Pekín.
Me contó que, después de la entrevista, Den Xiaoping lo había invitado a comer y que, durante la comida, le había preguntado por aquello que más le gustaba de China. Vázquez Raña le respondió que le atraían muchísimo la medicina y la gastronomía china. Después charlaron de lo que les vino en gana, como es de suponer.
Al cabo de unos meses, estando en el mismo despacho en el que él y yo estábamos en ese momento, la secretaria le anunció que habían llegado dos chinitos que querían hablar con él. Vázquez Raña preguntó si habían pedido cita. Le contestaron que no y, antes de que él respondiese que entonces nones, le advirtieron de que traían una carta personal de Den Xiaoping, líder máximo de la revolución comunista china que había emprendido Mao Tse Tung, ahora Mao Zedong. Entonces hizo que pasaran.
Le entregaron la carta y así supo que Den Xiaoping, acordándose de los gustos y preferencias de su entrevistador, había decidido enviarle, en prueba de afecto y gratitud y como regalo, aquella parejita de chinos, médico especialista en medicina china, el uno, cocinero especialista en comida china, el otro, para que dispusiese de ellos a su gusto y conveniencia.
Es fácil imaginar todo lo que se le pudo pasar por la cabeza a nuestro paisano antes de aceptar el regalo, como al final acabaría por hacer. Los incluyó en nómina, se trajo a sus familias de la China, y, cada vez que le dolía algo, llamaba al médico chino o, cada vez que les apetecía, comer rollitos primavera se los encargaba al cocinero de ojos rasgados y sonrisa pronta.
Dicen que el mejor restaurante chino del mundo está en Melbourne, o que al menos es uno de los mejores al que acuden a comer los ricos chinos en sus aviones privados. Yo cené en él invitado por el rector de la universidad La Trobe y les puedo segurar que la comida celebrada con Vázquez Raña no desmereció de ella.
Pero no era a eso a lo que se quería llegar sino al hecho insólito de que, a finales del pleno siglo XX, se pudiesen enviar dos chinos de regalo; es decir, dos seres humanos, como si fuesen esclavos. Seguro que vivieron mejor en México, o viven todavía, en plena libertad y con buenos sueldos, de lo que lo hubieran hecho en Pekín.
Los lectores que hayan llegado hasta aquí comprenderán ahora el escepticismo que me corroe desde hace ya muchos años. No es que no crea en nada, sino algo peor. Creo en todo. No es que desconfíe de todo, es que siempre tengo la mosca detrás de la oreja. Por eso hace tiempo que creo, más que en aquellos preocupados en hacer el bien, en aquellos otros que practican la bondad. El bien es aleatorio e interpretable. Lo que es un bien para unos es un mal para otros. Sin embargo, un acto de bondad no suele dejar lugar a dudas. Así que entre un bienhechor y un ser bondadoso confieso optar por el segundo… siempre y cuando la bondad bien entendida no empiece por uno mismo, claro.