Entierros

Desde el pasado mes de diciembre hasta la fecha he tenido que asistir a varios entierros en mi parroquia. Los años no pasan en balde y las personas ya se sabe que envejecen de maneras muy diversas. Todos ellos, menos uno que solo tenía cincuenta años y repentinamente, por ello y por dejar viuda joven, quizás fuese el más sentido de todos, los demás  pasaban de noventa años cada uno. Todas las muertes son sentidas, pero unas más que otras, y ya no te digo si afectan a tu entorno más cercano. Pero la vida es así  y como todo buen vecino incluso a veces llegamos a pedir alguna que otra por los dolores y sufrimientos que está padeciendo. 
Que desde siempre en mi parroquia hubo viejos muy viejos dan fe las losas de sus sepulturas, pero que también hay muchos niños y jóvenes, quitando los de la peste del 18 que se llevó bastantes, incluso hubo uno que por ser masón creó cierta disputa–pelea entre la curia y la administración, sanidad  incluida-  su entierro sin cura y en lugar no sagrado del atrio.
Ya digo que este fin y comienzo de año no pudo empezar peor en mi parroquia.
Me hizo gracia el viejo de mi aldea -hace algunos años- fiel acompañante en tales oficios fúnebres, cuando me hizo ver lo grande y bonita que era tal corona remitida por un bar, que descollaba de todas las demás: no podía ser de otra manera, pues mostrador, cafetera y mitad de la terraza la debía de tener bien pagada como buen cliente en vida el difunto, me refirió el muy ladino. 
Los entierros tienen estas cosas; a todo el mundo le despierta la sensiblería, como a mi viejo vecino,  y ya se sabe que a largo plazo todos estaremos muertos, pero que a los viejos les está esperando a la puerta de su casa y a los jóvenes les espera al acecho y además está tan segura de alcanzarnos que incluso nos da toda una vida de ventaja. 
Mi viejo tiene sus vicios pero cuando quiere se hace querer, sobre todo por lo que sabe.