El celtismo cantó "Queremos otra pancarta"
DERBI GALLEGO
Un millar de célticos disfrutó en Riazor del triunfo en otro derbi sin incidentes que ahondó en la convivencia entre las dos aficiones, que no en el hermanamiento
Hermanamiento no; tampoco se busca. El exceso de confianza puede restar divertimento. Pero sí una convivencia cada vez más posible y cada vez más pacífica. Y si a todas las buenas intenciones se une un final feliz, miel sobre hojuelas. Un millar de celtistas vivieron a flor de estadio el esperado triunfo en el derbi ante el Deportivo en Riazor. No el soñado, tal vez, por las formas. Pero los sueños, sueños son. Y poder cantar a voz en grito el irónico "Queremos otra pancarta" fue real, muy real.
Los derbis tienen su parafernalia, esa vida paralela que da sentido al acto central, que lo convierte en algo más que 90 minutos de fútbol. Como en todo evento repetitivo, se cae en los clásicos y se innova lo justo, acudiendo a lo que funciona tanto en lo anímico como en lo referente a la seguridad.
Tres horas antes del encuentro, las calles adyacentes a Riazor se fueron poblando de aficionados, en su inmensa mayoría deportivistas. Pero se paseaban sin rubor y sin problema alguno. Hermanamiento no, pero convivencia, al menos, sí. Y eso que en la avenida de Alfonso Molina de entrada a A Coruña los visitantes se encontraban una pancarta de los Riazor Blues alusiva a aquel doloroso derbi del 0-5 en Balaídos.
La llegada de los autobuses de los equipos suele ser el primer termómetro de lo caldeado del ambiente. La del Deportivo, rodeada de bengalas y dos centenares de sus seguidores; la del Celta, con cánticos no demasiado corteses y un solitario botellín volador que no reflejó en absoluto el sentir general. La mejor prueba, el trío de estoicos jóvenes seguidores del Celta situados en primera línea tras las vallas y rodeados por deportivistas. Sin problema. Convivencia, que no hermanamiento. Tiempo habría dentro del estadio para que las diferencia se exacerbasen. Una hora de antes del choque, los autobuses de los seguidores célticos fueron apareciendo y la habitual esquina reservada para ellos se fue llenando para que de ella salieran los primeros cánticos de la tarde.
"Donos da tormenta, capitáns da tempestade", rezaba el tifo del fondo de Riazor como preámbulo al duelo. En su esquina, los celtistas tiraban de bufanda y garganta para pelear contra la ruidosa megafonía, que desembocó en el emocionante himno que sí provocó el hermanamiento momentáneo de todos los presentes. Breográn resonó como un bendito sueño, antes de volver a la realidad.
Enseguida, la risa fue por barrios. Porque el sufrimiento de verse dominado lo dieron por bueno los celtistas presentes en Riazor con la celebración de dos goles, el segundo con Iago plantado ante el fondo de Riazor, hierático y señalando su escudo. Tras el segundo, con Riazor dolorido, se escuchó a la esquina viguesa: "Que bote Balaídos". Y, cuando el lateral deportivista perdió los nervios, hubo retranca: "Luisinho Balón de Oro". Los cánticos aumentaron con el segundo tanto de Aspas: un "Gracias por venir" y ese picante "Queremos otra pancarta".
Tras el pitido, el consiguiente festejo de jugadores en el campo y afición en la grada.n
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