Yaniris Peña: “Decidí venir a España en busca de un futuro mejor, pero casi me muero por las mafias”
Los nuevos vigueses: Yaniris Peña, exatleta dominicana
Yaniris Peña es inmigrante dominicana radicada en Vigo, con una historia complicada detrás y un presente mucho mejor. Ella fue una gloria del deporte en su natal República Dominicana, con medallas olímpicas y trofeos que hoy parecen pertenecer a otra vida. Hoy, desde la tranquilidad de Vigo, relata el descenso a los infiernos que vivió al confiar en una mafia que le prometió Europa y terminó entregándola al desierto, la cárcel y el mar.
Usted tenía una carrera deportiva, premios y reconocimientos en República Dominicana. ¿Qué la empuja a dejarlo todo y marcharse en 2011?
Lo primero fue la falta de futuro. En mi país, por más que te esfuerces o ganes medallas, a veces las puertas se cierran. Decidí venir a España buscando un mundo mejor, pero el visado es casi imposible de conseguir, no importa si tienes dinero o no. Por eso elegí la ruta de Turquía; en aquel entonces los dominicanos no necesitábamos visa para entrar allí. Pensé que sería el puente hacia mi libertad, pero fue el inicio de mi ruina.
Usted menciona que fue víctima de una estafa. ¿Cómo operaba esa red?
Me vendieron un viaje legal. Supuestamente, salía de Punta Cana hacia Holanda y de ahí a España. Pero todo era mentira, era una mafia. Terminé en Estambul, varada, sin saber qué hacer. Pasé cuatro meses allí intentando sobrevivir hasta que caí en manos de los traficantes que controlan la frontera con Grecia.
Esa zona es conocida por su peligrosidad. ¿Cómo fue ese tránsito hacia la frontera griega?
Un horror. Nos hacían caminar por el desierto durante días. La policía turca nos atrapó y el trato fue inhumano. Nos obligaban a aprendernos nombres árabes falsos en su idioma; si no respondías correctamente cuando pasaban lista, te quedabas preso por años. Vimos a mucha gente quedarse en el camino porque no tenían dinero para pagar a la policía y poder seguir. Es una ley de vida o muerte: o pagas o te pudres allí. Cruce el río Evros, qué limita con Grecia. Lo intenté cuatro veces.
En su relato menciona paisajes desoladores y cuerpos en el camino. ¿Qué es lo que más recuerda de ese trayecto a pie?
El olor y la vista de la muerte. Cruzamos zonas donde veías cuerpos tirados, gente que ya no valía para nada, que ni siquiera podías distinguir si eran hombres o mujeres. No podíamos parar. Teníamos que seguir caminando entre pantanos y lagunas que parecían trampas.
El momento más crítico fue el cruce del mar Adriático. Cuéntenos qué sucedió en esa barcaza.
Nos dijeron que era un barco, pero era una barca de madera podrida. Éramos muchísimos, de varios países. En medio del mar abierto, la barca se hundió. Vi a la gente ahogarse... vi a los tiburones atacando a los que caían. Yo pude salir junto a una amiga porque sabía nadar. Nadé con todas mis fuerzas hasta que llegué a una zona donde el agua me daba por la cintura.
¿Cómo la rescataron?
Llegué a la costa totalmente desnuda, lo perdí todo en el mar. Eran unos italianos los que me encontraron al amanecer. Estaba en shock. Tuve que llamar a la mujer que me iba a recibir en Grecia, quien por cierto nos cobraba 500 euros "por cabeza" solo por recogernos.
Llega a España, pero su calvario no terminó ahí, pues fue deportada. ¿Cómo logró regresar definitivamente?
Estuve en Sevilla y luego en Vigo, pero me llegó una orden de deportación que no supe apelar por miedo y desconocimiento. Me mandaron de vuelta a Dominicana y estuve cinco años allí. Fue muy difícil volver. Mi esposo, un señor español que me conoció y se enamoró de mí, luchó muchísimo. Hizo manifestaciones, movió cielo y tierra. Mi carrera como atleta olímpica también ayudó a demostrar quién era yo. Al final, el amor y mi historial deportivo me trajeron de vuelta.
¿Cuánto le costó ese viaje?
Entre los pasajes y lo que me cobraron las mafias me salió 20.000 euros. Hasta hace poco tiempo estuve pagando.
Hoy vive en Vigo. ¿Cómo es su vida ahora después de haber visto la cara de la muerte?
Me gusta Galicia, me gusta la gente de aquí, aunque a veces uno siente el racismo de algunos. Pero después de lo que pasé, trabajar en casas de familia y estar con mi hijo —a quien pude traer un año después de mi regreso— es mi mayor premio. En la actualidad trabajo en la hostelería. No tengo grandes planes de futuro, solo vivir tranquila. A veces viajo por la Ribeira Sacra, disfruto del paisaje y agradezco estar viva. Dios me dio una segunda oportunidad cuando me sacó de aquel mar lleno de tiburones.
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