Los vigueses descubren los árboles centenarios del Pazo de Castrelos
Este espacio museístico se sumó ayer a la celebración del Día Europeo de los Jardines Históricos con visitas guiadas
Hay árboles en el Pazo de Castrelos que nacieron el mismo año en que se produjo la unificación de Italia y han vivido la pérdida de Cuba y Filipinas, sobrevivido a la Guerra Civil, han sido testigos del desarrollo de Vigo y han llegado al siglo XXI en perfecto estado. Son tres ejemplares singulares y diez centenarios que forman parte de los jardines del hoy Museo Quiñones de León, que ayer se abrían a una jornada de visitas guiadas para descubrir todos sus secretos con motivo del Día Europeo de los Jardines Históricos.
Fueron ocho turnos con grupos reducidos de 25 personas en una iniciativa que desde su puesta en marcha hace unos años por el Concello ha resultado todo un éxito y que demuestra el interés de los vigueses por conocer su patrimonio.
Álvaro Santos, biólogo especializado en botánica, fue uno de los guías que, con sus explicaciones, trasladó a los asistentes a la época de Joaquina Montenegro, marquesa de Valladares, la mujer que plantó, hace 165 años, las semillas de las que nacerían el Matusalén de las Camelias, el camelio –en realidad, varios entrelazados, como explicó Santos– más antiguo de Galicia, de la especie Alba Plena cuya flor deslumbró a Chanel. También hay un magnolio y un tulípero (el árbol de los tulipanes de Virginia) catalogados, junto al anterior, como singulares, y otros diez árboles centenarios, entre eucaliptos, palmeras, araucarias y tejos o ‘teixos’.
Una glicina, una trepadora de gran belleza pero venenosa, de más de 80 años, nos da la bienvenida antes de adentrarnos en el jardín francés, donde una pareja de visitantes recordaba cómo de niños corrían por el laberinto, hoy cerrado tras verse afectado por un hongo. La ruta sigue por la parte alta, donde se encuentra la rosaleda y el rododendro más grande de la provincia. Si este espacio está dedicado a los olores, los colores y las texturas, la parte baja lo está al disfrute más mundano: el jardín francés, para su contemplación desde el pazo, y el inglés, herencia de su última ocupante, con su prado y su araucaria de 135 años. Al fondo, un bosque autóctono que se quiere recuperar y que funciona como refugio climático.
Estos jardines cuentan con un recorrido para personas invidentes que finaliza en una mesa de aromáticas. “Es la primera vez que llegamos aquí. Es lo que más me ha gustado”, comentaban sorprendidos José Antonio y Áurea.
Para otros, este viaje sirvió para descubrir nuevas especies. Daniel, Isabel y su hijo Lois, de 12 años, admiradores de la cultura japonesa, no pudieron más que asombrarse con un ‘teixo’ Hokkaido de 135 años. “No sabíamos que existía”.
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