Victoria y Jacinto, toda una vida sin un techo digno
El matrimonio septuagenario, residente en una chabola, pide una alternativa habitacional ante su situación límite de deterioro físico
Parte de sus hijos y nietos heredaron el azul profundo de sus ojos, pero también su pobreza extrema. Con 72 años, Victoria no sabe todavía lo que es tener agua corriente y potable, ni asesarse en un baño. Toda su vida ha estado con Jacinto, su marido, malviviendo en uno de los últimos poblados chabolistas que quedan en pie en la ciudad. En esa infravivienda, en el barrio de A Salgueira, tuvo a sus nueve hijos, y allí ha visto crecer a su familia, la mayoría asentada allí también.
Victoria y Jacinto no han tenido nunca el derecho a una vivienda digna. Se las han apañado para sacar a sus hijos adelante pero ahora, en su vejez, sobreviven de una pensión mínimo que no les permite acceder a un lugar donde sus hijos y nietos puedan cuidar de ellos porque son personas dependientes.
“Yo estoy enferma, casi no puedo moverme y mi marido está mucho peor, tiene Parkinson y ya casi no puede hablar”, señala Victoria mientras lanza un SOS desesperado a las administraciones para “acceder a una vivienda en la que nuestra familia pueda cuidarnos en esta última etapa de la vida”.
La nuera de Victoria y Jacinto no puede ocultar su rabia. “La asistente social solo les da la opción de una residencia. Ella estuvo unos días después de sufrir un ictus para recuperarse pero tuvo que volver porque no podía estar allí, compartiendo habitación con personas con enfermedades mentales o que se iban muriendo. Ella tiene quien la cuide, nos tiene a nosotros, pero necesita un techo digno donde vivir junto a Jacinto”, señala. Las nuevas generaciones de la familia tampoco conocen otro lugar que no sea el poblado. Hijos y nietos se han visto a lo largo de los años excluidos. “Yo he tenido trabajos en hostelería pero solo por meses y así es imposible acceder a un alquiler”, explica una de las nietas quien reconoce además una dificultad añadida: el todavía triste estigma de ser gitano. “Para nosotros es mucho más complicado que alguien quiera contratarnos o firmar un contrato para rentar una casa”, afirma.
En estos momentos, los 15 familiares que residen en el poblado sólo buscan una ayuda para Victoria y Jacinto, “se lo merecen después de tantos años de lucha”. Las condiciones de habitabilidad de la infravivienda no son óptimas para el estado de salud de la pareja que, en solo tres años, cuando lanzaron la primera llamada de auxilio sin éxito, se ha visto agravada de forma muy notable. En aquella ocasión, Jacinto todavía andaba, se manejaba. Ahora permanece buena parte del tiempo en la cama, por su enfermedad. A Victoria, para su rehabilitación la llevan por las mañanas a un centro de día, pero “tampoco pueden estar pendientes de ella así que sigue perdiendo el equilibrio y hay que ayudarla para que no se caiga”, explica su nuera quien señala que “nos recomiendan que camine en casa, pero aquí, tal y como está esto es imposible”. La chabola está levantada sobre tierra y piedras. No hay asfalto. De hecho, “la furgoneta que la viene a buscar la recoge abajo no accede hasta aquí. Tenemos que llevarla nosotros”. Lo peor es la insalubridad que genera un lugar donde no hay agua, ni baño. Los residentes tienen que desplazarse hasta las fuentes cercanas para llenar garrafas y después lavarse “como en la época de la guerra” .
Hace años se había planteado por parte de colectivos de ayuda la implantación de baños portátiles en algunos asentamientos. Una petición que llegó al Concello, pero que, de momento, no ha llegado a ejecutarse. Con la vivienda en el centro del debate social, desde este lugar en A Salgueira, a escasos metros de la Gran Vía, se sorprenden de que el desahucio de Maricarmen en Madrid haya logrado remover conciencias mientras Victoria y Jacinto, los “parientes pobres”, sigan olvidados.
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