Verónica, el rostro de la mendicidad: “Pido ayuda todo el día"
Vecinos lamentan que esta mujer, de 79 años y enferma, pase 12 horas diarias al sol delante de un supermercado, “es inhumano”
Sentada en un taburete plegable, Verónica, con 79 años y artrosis, pasa doce horas al día pidiendo a las puertas de un supermercado en Gran Vía. No es la primera, ni la última persona dedicada a la mendicidad en Vigo, pero su edad y situación, y, sobre todo, las maratonianas jornadas de esta mujer, que no se ausenta ni para comer, han hecho reaccionar a los vecinos de la zona. Creen que es “inhumano” que una persona de esa edad esté así, a pleno sol, y sobre todo se muestran indignados porque “la traen en furgoneta” a primera hora de la mañana y la recogen cuando cierra el supermercado.
Verónica cuenta que hace 30 años llegó a Vigo. “Soy de Rumanía, pero tuve que marcharme porque allí no había trabajo, ni nada, estaba en una situación muy difícil”, explica a este diario. Sin embargo, sus expectativas de encontrar una vida mejor en España, relata, se truncaron. “Tengo que pedir porque no recibo ninguna ayuda, mi hija está enferma, encamada, y el alquiler es muy alto. Pagamos 400 euros más luz y agua por una vivienda en Sárdoma", cuenta, mientras asegura que tanto ella como su hija son viudas.
Con dificultades para caminar señala que es su nieto, que “vive lejos”, el que “me trae cuando está aquí en Vigo” y, mientras habla, insiste en que “necesito ayuda”, incluso sin poder reprimir las lágrimas. “Yo no puedo trabajar y mi hija ahora tampoco, pero hay que pagar la casa”, comenta.
Esta mujer llegó a Gran Vía hace unas semanas, antes ya estuvo en el Calvario y raro es quien no se para con ella. De hecho, lleva consigo un carro de la compra que va llenando con productos que la gente le compra y se le ha ofrecido acudir al reparto de meriendas en una parroquia cercana. “Es lógico, ¿cómo no le vas a dar comida?”, aseguraba un vecino. A media mañana, una mujer le entrega una barra de pan y algo de fruta, “es para que te la comas”, pero Verónica, aunque le dice que sí, que lo hará, la guarda en el interior de su carrito. “Necesitaba leche y huevos”, solicita, al tiempo que, cuando se los traen, se afana en mostrarse agradecida: “que Dios le bendiga”.
Sin embargo, en el barrio cada día que pasa crecen las sospechas de que Verónica pueda ser una víctima, bien de su propia familia, bien de un grupo que la obligue de alguna forma a mendigar. Quienes hablan con ella afirman que no siempre cuenta la misma historia, que cambia el lugar donde reside o si vive sola o no. “Que está en una situación límite, salta a la vista, pero está por ver lo que ocurre cuando llega a casa y si tiene que rendir cuentas de lo que ha conseguido a lo largo del día o no. Es terrible verla ahí todo el día", cuentan en la zona, donde hay coincidencia en señalar que aunque nadie la obligue, el hecho de que la trasladen para mendigar durante horas es “totalmente reprobable. Es una persona en extrema vulnerabilidad, por su edad y sus dificultades para moverse”.
Junto al taburete, Verónica lleva un cartel donde explica que no tiene a nadie, que es viuda y que no recibe ninguna ayuda. Ella insiste en que “no me queda más remedio que pedir” y cuenta además, sin preguntarle, que antes estaba en la zona del Calvario, pero se trasladó.
Pese a su origen rumano, entiende perfectamente y es capaz de mantener una conversación, aunque en ocasiones con dificultad.
Solo un pañuelo a la cabeza la mantiene a salvo del sol, que ha llegado a ser abrasador en la última semana, con temperaturas que llegaron a rozar los 34 grados, pero que no evitaron que acudiera al lugar en el que lleva casi un mes.
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