Sophia Butler Wasiak: “Me enamoré de Galicia: es como Escocia pero con mejor tiempo, comida y vino”

Nuevos vigueses

"El reto más complicado que se presenta al extranjero viviendo aquí no es la lluvia incesante, ni la cena a las 10 de la noche, sino la burocracia", asegura

Sophia, británica y polaca, viguesa desde hace unos meses.
Sophia, británica y polaca, viguesa desde hace unos meses.

Sophia Butler Wasiak, polaca-británica, es profesora de inglés. Vive en el Calvario desde hace unos meses. Antes, pasó varios años en Santiago. Está a punto de traer al mundo a un vigués.

¿Por qué decidió instalarse en Galicia? ¿Por trabajo?

Crecí en el centro de Londres. Soy medio polaca, medio inglesa y todos mis amigos eran iguales de mezclados. Crecimos en lo que llamábamos la ‘ONU’. Cuando ibas a casa de uno te quitabas los zapatos, en casa de otro amigo te sentabas en el suelo y comías con las manos, en casa de otro había que dejar alguna ofreciendo a la estatua de un dios en un altar pequeñito al lado de la puerta. Fue una manera de crecer muy colorida y diversa, todos hablábamos varios idiomas y veíamos las diferencias entre nosotros como algo natural y a la vez fascinante, llegando a casa y pidiendo a tu madre los pastelitos de Irán que acababas de probar.

¿Vino a Galicia por amor?

Vine a Galicia por amor, cómo no. Solo venía unos tres meses o así, entre proyectos a aprender un poco de castellano y a conocer de dónde venía mi novio. Por accidente total, acabé enamorándome absolutamente de Galicia. Yo la describo como Escocia con sus montes suculentos, rebozando de tonos de verde, pero con mejor tiempo, mejor comida y mejor vino. ¡Lo siento Escocia! Pero la gente, igual de encantadora.

¿Cómo fueron sus comienzos en Santiago de Compostela?

Viví muchos años en un pueblo al lado de Santiago. Vivi en una casa tradicional de piedra, con lareira, un lavadero, hórreo y un manantial. Aprendí muchísimo porque durante 11 años eran muy escasos los días que todo funcionaba. Aprendí a ducharme con un vaso de agua fría, vivir sin luz durante épocas extendidas y defenderme del frío.

¿Lo que más le costó en su adaptación?

El reto más complicado que se presenta al extranjero viviendo aquí no es la lluvia incesante, ni la cena a las 10 de la noche, sino la burocracia. Me ha ayudado mi estoicismo inglés para calmar la sangre polaca y armarme de paciencia para pasar por todos los trámites administrativos necesarios para vivir en el extranjero que acompañan siempre al poseedor de un NIE. Un vinito con unas tapitas de premio son una parte imprescindible de estos procesos.

¿Tenía alguna idea preconcebida al llegar?

Traté todo como una aventura, no tenía expectativas ni ideas preconcebidas sobre los españoles ni los hombres gallegos. Llegué un poco por accidente, como si él hubiera sido de África y hubiera ido allí a ver su cultura. No tuve el lujo que tenía Joseph Conrad de observar el idioma antes de empezar a hablarlo. Llegué con ‘Hola’, empecé a trabajar como profesora de inglés por pueblitos rurales y tuve que aprender sobre la marcha, porque podía preguntar ‘dónde está …?’, pero ya no era capaz de entender la respuesta, menos en gallego. Una de mis palabras favoritas es la ‘morriña’, la palabra gallega dedicada al significado de echar de menos a tu tierra natal. Lo que tuve durante mi vida fue la morriña, pero sin saber qué tierra añoraba hasta que no pise Galicia.

¿Cómo le fue en Santiago?

Muy feliz, pude realizar uno de mis sueños, abriendo una escuela para niños en inglés. Los niños son el futuro y quise diseñar una manera de enseñanza lejos de estática. Creamos una metodología basada en cuentos que escribía y acompañados por baile, yoga, cocina y manualidades. Lo que más quería era que en una comida familiar, un niño pequeño pudo contar a su familia lo que hacen los niños Inuit, lo que comen en la India o el baile que se hace alrededor de la mesa en Grecia. Es muy importante introducir a los niños a otras culturas no solo para expandir los horizontes, sino para apreciar la suya.

¿Y cómo fue llegar a Vigo?

El Capitán Nemo vino a Vigo en búsqueda de un tesoro hundido, porque hay algo en Vigo que despierta la imaginación de la gente. Yo también vine buscando mi tesoro y estoy a punto de conocerlo en el Hospital Cunqueiro (está embarazada de ocho meses). Vigo es una ciudad muy dinámica, combinando con armonía la vida urbana con la vida de vacaciones, con playas, costa, montes y bosques, vistas espectaculares, marisco más fresco imposible e islas arrancadas del paraíso. ¡Desde luego, sus subidas y bajadas ayudan a bajar las tapitas!

¿Y las Navidades, cómo las ve y recuerda?

Para los polacos, las Navidades son una expresion profunda de lo más elemental de nuestra cultura. ¿Por qué? Porque para nosotros, estar solo en navidades es la mayor infelicidad. El momento más importante de la fiesta es Nochebuena. Las mujeres de casa madrugan para preparar 13 platos. Sí, 13 platos tradicionales! Sin carne y solamente con un pescado – la carpa: frita, a la griega o en gelatina. Recuerdo de niña entrar en el baño en la casa familiar de Polonia y lavar los dientes mirándole los ojos a dos carpas enormes nadando en la bañera dos días antes de Nochebuena. Después veía a mi tío triste y cogiendo fuerza para hacer lo que tenía que hacer para convertir estas carpas vivas en la cena. Siempre se armaba de un buen vodka, la radio y se encerraba en el baño. Otros platos son compota de frutas deshidratadas, sopa de setas secas, sopa de remolacha limpia con pequeñas croquetas. Los postres se preparan con semillas de amapola, ¡pero no tienen efectos psicodélicos! En nuestra casa se sirven con un chorro generoso de Advocaat, un licor hecho de huevo y cognac.

Por la mañana se decora el arbol de navidad, lo suelen hacer los hombres con los niños. En todas las mesas siempre hay un sitio libre para un posible visitante. Alguien que se encuentra solo y lejos de casa en Navidad. La cena empieza con la primera estrella en el cielo. Antes de sentarnos, rompemos hojas de hostia con cada persona presente, deseándonos lo mejor para el año que viene. Esa tradición cobra un carácter muy emotivo. He introducido esta tradición a muchos amigos a lo largo de los años y viaja muy bien, os la recomiendo. ¡Tendría los kleenex cerca!

Y ahora llega un niño vigués.

Ahora toca la aventura viguesa, de la mano de un pequeño vigués que va a aterrizar aquí muy pronto. ¡Deseadme suerte!

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