Aquellas singulares historias de servicios y “escort” pesqueras de Vigo

Episodios vigueses

"Los periodistas que nos movíamos en ese universo conocimos historias que no siempre trascendieron a través de los medios a pesar de ser de público dominio"

El centro del Berbés.
El centro del Berbés.

En este Vigo nuestro hay episodios curiosos, pintorescos, graciosos y tradicionales en el mundo industrial pesquero. Los periodistas que nos movíamos en ese universo conocimos historias que no siempre trascendieron a través de los medios a pesar de ser de público dominio. Lo sabía todo el mundo, como la cosa más natural. Alguna de las historias vinculadas a lo que les cuento fue abordado en su día en una de las películas de Berlanga en la segunda parte de este artículo.

En el sector pesquero e industrial de Vigo había surgido, en tiempos difíciles, iniciativas particulares de armadores y empresas con capacidad para dar respuesta a las necesidades de la flota, cuando se hizo más complejo encontrar caladeros donde operar, regulados por convenios internacionales y limitaciones diversas. En esos casos, algunos industriales fueron capaces de establecer por su cuenta y para sus empresas, acuerdos puntuales con las autoridades de países ribereños, sobre todo en el Atlántico Sur, de modo que sus barcos pudieron echar sus redes en esa zona. Dado el elevado consumo de pescado hicieron un servicio al país para mantener la ocupación de la flota y el suministro.

Fue muy famoso en ese sentido, el convenio que un armador de Vigo hiciera con uno de estos países africanos. Fue una iniciativa pionera y ejemplar al propio del propio Estado. Y gracias a ello pudo enviar sus barcos. Un primo suyo, también del sector, o no estaba enterado del trato o quiso ver si colaba, y sin suscribir acuerdo alguno, también mandó sus barcos por su cuenta para una zona donde no disponía de licencias. Pero la cosa, como era de esperar no coló. El país receptor del pacto legítimo con su primo no disponía de medios de resguardo para echar a los invasores. Y ahora viene la mejor parte de la historia, el propio empresario que firmara el acuerdo legal pagó también el alquiler de las patrulleras, de las que contaba otro país un vecino del dueño del caladero, “para echar a los barcos de su primo”. Todos de Vigo. En resumen, un armador firma un convenio particular, entre su empresa y los responsables de los caladeros de un país africano; un primo del de éste manda sus barcos por su cuenta a los mismos caladeros; el país ribereño quiere echar al invasor, pero como no tiene patrulleras, las alquila a una nación vecina y el armador asociado paga el servicio para echar a su primo. Los dos parientes y de Vigo.

En ese mundo, eran famosos otros episodios. Con frecuencia, los responsables pesqueros de estos países africanos eran invitados a Vigo, bien para firmar acuerdos o por cortesía. Venían con sus proles, incluidas su esposa o esposas. Si anunciaban que venían cinco aparecían diez. Para que se entretuvieran y no estorbaran, a las mujeres se las provecía de unas tarjetas de crédito especial para unos grandes almacenes muy conocidos, que ya suponen cuáles eran. Todo por cuenta del armador. ¿Y ellos? Todos ellos querían adobar con asueto el trabajo. Su ilusión era poder tener estrecha convivencia con mujeres blancas, generalmente nórdicas. Y el asunto funcionaba así, como Berlanga contaba en una de sus películas. A través de un enlace en Barcelona, se contrataba “como acompañantes” a personal de lo que con finura se llama “Servicio escort” (o sencillamente, putas de lujo). O sea, lo que no hace falta explicar. Este servicio tiene varios niveles, pero en este caso, era el superior. No eran simples acompañantes, sino que con ellas se cerraba el ciclo completo. Y funciona en determinadas estancias del mundo empresarial y social.

Eran chicas cultas, muchas de ellas universitarias, hablando idiomas y con otras capacidades. En aquellos años ochenta, estas acompañantes podían cobrar por sus servicios en una semana hasta dos millones de pesetas, y otros regalos. Pero a los contratantes les compensaba. Por lo general, los servicios se prestaban en fincas particulares y en el Gran Hotel de A Toxa. Un problema complementario era que, aunque la visita de los empresarios y sus proles se organizara para una semana, estos solían prolongar su estancia más allá de lo previsto. Estaban realmente encantados de la vida. Se contrataba a chicas espectaculares, de enorme belleza. Todas ejercían encantadas. Los socios de los armadores proveedores eran muy exigentes e indicaban cómo querían que fueran sus acompañantes con todo detalle. Aunque algunos autores distinguen varias categorías dentro del “escort” entre la prostitución de lujo y los servicios de acompañamientos, pero a los africanos no les servía cualquier cosa.

El que más sabía de estas historias era un conocido personaje de una estimada familia de Vigo, especialmente capacitado para organizar banquetes, homenajes y similares que me lo contó. No sé yo si esos usos y costumbres persisten. Si el ministro o semejante africano no era del primer nivel, se acomodada el asunto al servicio “escort” nacional con personal de Barcelona o Madrid, si bien las actuantes tenían que ser en todos los casos, rubias y hablar idiomas.

Contenido patrocinado

stats