Ser farero en Vigo: todavía arriesgado, pero ya no aislado
Hay dos torreros en activo en la Autoridad Portuaria para tres instalaciones de primera categoría y otras 50 auxiliares, todas automáticas salvo las señales de Cabo Estai
Luis Martínez, encargado de señalización marítima en la Autoridad Portuaria de Vigo, en su vida he llevado un jersey de cuello cisne, ni ha tenido barba, ni tampoco fumado en pipa. Pero sí, es torrero, uno de los pocos que quedan y todavía cuenta con residencia en un faro frente al mar, en una zona tan batida como Cabo Estai, flanqueada por el Instituto Español de Oceanografía y la única playa salvaje del municipio vigués, Areal das Rochas, porque la arena escasea y proliferan los cantos. Así que, después de todo, aunque sin pipa, barba ni cuello de cisne, al menos se acerca al tópico de un trabajo con fama de duro, aislado y con un ingrediente romántico. Son ciertas las dos primeras cosas, pero ya no la segunda: salvo Estai (pero por otras razones), los faros están deshabitados y todos funcionan en automático. Pero todavía es un oficio arriesgado, señala.
Dependientes de la Autoridad Portuaria, hay dos fareros (torreros se llaman a sí mismos por motivos obvios; oficialmente son técnicos de ayuda a la navegación) y hay otros dos que se encuentran en proceso de formación. No queda ninguna instalación habitada de forma permanente salvo Cabo Estai, pero solo por la sirena de señales manual que activa una persona cuando resulta necesario, en situaciones de niebla y de otros peligros. En Vigo hay tres faros dependientes de la Autoridad Portuaria y los tres tienen su historia. El mayor es Silleiro, que marca la entrada de la Ría y cuyo edificio principal ha sido adjudicado para un hotel de tres estrellas que operará en breve como Baiona Lighhouse (faro en inglés). El de Cíes es también centenario y el Puerto trató sin éxito de convertirlo en el hotel más pequeño de Vigo con apenas cuatro habitaciones. El Parque Nacional lo impidió al entender que en Cíes ya hay un cámping. De todas formas, se trata del punto más elevado y con unas vistas espectaculares hacia el Océano Atlántico. Finalmente, el de A Guía es el que cuenta con una mayor historia. Fue construido en el siglo XIX y se considera el segundo más antiguo de Galicia, solo por detrás de la Torre de Hércules coruñesa, cuyos orígenes se encuentran en el Imperio Romano, si bien la imagen actual se corresponde con una torre barroca. A finales del mismo siglo XIX fue reconvertido en batería de artillería cuando estalló la guerra con Estados Unidos. Los vigueses estaban convencidos de que la Armada yanki entraría por la Ría y prepararon el recibimiento, incluido el submarino de Sanjurjo Badía, hoy en el Museo del Mar, que hizo entonces con éxito su única inmersión. Tras la corta y desigual guerra -la única entre democracias- se recuperó su uso como luz de guía, hasta hoy. Otra curiosidad es que el nombre la Guía es una mal traducción del gallego: originalmente se denominaba monte da Aguia, monte del Águila, pero la ermita y la luz que guiaban a los marineros acabó por cambiar el acento y también su nombre.
El resto de instalaciones luminosas son consideras balizas (hay 22), y además 10 boyas, 28 luces de puerto, dos balizas ciegas, siete boyas virtuales, dos racones (balizas de radar) así como la mencionada sirena de niebla de Cabo Estai. Un enorme despliegue para garantizar el tráfico marítimo en las mejores condiciones, obligado por la categoría máxima de la Autoridad Portuaria viguesa. Todas las señales están automatizadas y 31 de ellas monitorizadas. Solo una es manual, la sirena de niebla de Cabo Estai.
"Velamos por el correcto funcionamiento de las señales"
El faro de Cabo Estai está en funcionamiento todavía y se caracteriza por una pequeña construcción de hormigón con franjas rojas y blancas que recuerda a Silleiro. Consta de un radio-faro y sirena y se trata de una enfilación que ayuda al posicionamiento de los barcos, por ello no tiene la clásica linterna con luz en giro, sino de un haz de luz intermitente hacia un punto fijo. Se encuentra dentro de un recinto vallado de acceso restringido. Hasta 2012 pertenecía al Servicio de Costas del Ministerio de Agricultura y desde esa fecha a la Autoridad Portuaria.
Según explica Luis Martínez, en la actualidad el trabajo de los antiguos fareros, hoy como técnicos de Ayudas a la Navegación es velar por el correcto funcionamiento de todas las señales, tratando de mantener unos estándares de disponibilidad muy exigentes y la inspección de todas las señales marítimas de terceros, informando a los responsables de cada organismo para que procedan a la reparación de sus señales en caso de averías. Con todos estos condicionantes, se podría considerar que ya no es arriesgado el trabajo de torrero. Pero los protagonistas discrepan. “En cuanto al riesgo, valóralo tú mismo", con su foto en las islas Serralleiras, unas rocas cerca de las Estelas, en Nigrán.
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