La sartén de Galicia: “Era abrir la puerta y tenía un horno delante”

Las parroquias de Meder, en Salvaterra, y de Entenza, en Salceda, superaron los 41 grados en julio: “Tenía el ventilador a un metro de mí”

En Meder, uno de los parajes más concurridos para paliar los efectos del calor fue el parque Frexindo. En las mesas, una lona gigante de más de diez metros se podía desplegar para luchar así contra el sol, ya de por sí debilitado con la cantidad de árboles que proporcionaban sombra
En Meder, uno de los parajes más concurridos para paliar los efectos del calor fue el parque Frexindo. En las mesas, una lona gigante de más de diez metros se podía desplegar para luchar así contra el sol, ya de por sí debilitado con la cantidad de árboles que proporcionaban sombra | Jorge Santomé

Las calles desiertas, ni la sombra hacía cobijo del insufrible calor de una intensa ola en verano. Parroquias como Meder, en Salvaterra, o Entenza, en Salceda, sufrieron en sus carnes lo que es el calor extremo. En plena ola de calor en julio, ambas superaron los 41 grados, convirtiéndose en la sartén de Galicia. Una temperatura que haría derretir cualquier material. “Abría la puerta y tenía un horno delante”, aseguró Mari Carmen, vecina de Meder de toda la vida de 75 años, que nunca vivió cosa igual. No podía salir de casa hasta las siete de la tarde, y siempre con protección en su cabeza. En el hogar, convivía con las persianas cerradas y con el aire acondicionado puesto. Y evitaba en esos días ir a partes de su vivienda donde golpeaba el sol de pleno. Su acompañante de vida, un perro, también lo pasó realmente mal, refrescándose a cada poco: “Mi suegra se pasó varios días sin salir de casa y yo también. Solo para ir a la tienda, lo indispensable”.

En Meder, solo había tres alternativas para combatir el calor: encerrarse en casa, acudir al único bar de la parroquia (por el aire acondicionado) o pasar el día en el parque Frexindo, protegido con una lona gigante y por la naturaleza, con varios árboles creando sombra. “La gente se fue allí. Se quedaba todo el día. Hasta por la noche”, señaló una empleada del bar Olivo. En esos días, el silencio por la calle principal era sepulcral, en una parroquia que se vacía con el tiempo. “Fue mucho. No sabías dónde meterte y con el aire acondicionado todo el tiempo”, recalcó la trabajadora, quien hasta agradeció estar en su puesto de trabajo esos días, aunque sin mucha clientela. “Nadie salía. Estaban todos encerrados”, apuntó. El remedio más eficaz, mucha agua, alguna cerveza fresquita y paciencia, tanto para los trabajadores como para los ociosos. “No se separé de la botella de agua. Fue infernal trabajar así”, confesó un repartidor, también originario de Meder.

Asientos en Meder, con un techo rústico para protegerse del calor
Asientos en Meder, con un techo rústico para protegerse del calor | Jorge Santomé

En Entenza, el inicio de julio vino acompañado de siete días de temperaturas de más de 30 grados. El día 4, alcanzaron los 41,6 grados, el lugar más caliente de Galicia. Sus vacías calles, una mezcla del calor y la Galicia vaciada. No obstante, las alternativas para los oriundos de la zona no eran tantas como en Meder. La mayoría buscó cobijo a orillas del río Miño, lugar ideal para refrescarse. Los más inmóviles se encerraron en sus viviendas. “Estuve todo el día en casa, con el ventilador a un metro de mí”, apuntó un vecino de la zona, quien confesó que llevar ropa puesta en el hogar era un castigo. Algunos, llegaban tarde a su particular refugio climático, que poco más cuesta un disgusto. “Mi vecino estuvo trabajando para hacer una piscina, en plena ola de calor. Casi le da una insolación”, aseguró otro vecino de Entenza. Claramente, la obra debió haberla realizado antes.

A algunos les pilló la ola de calor durante el trabajo o haciendo pequeños arreglos en la finca. Para el sol, nada mejor que una sombrilla
A algunos les pilló la ola de calor durante el trabajo o haciendo pequeños arreglos en la finca. Para el sol, nada mejor que una sombrilla | Jorge Santomé

Con menos recursos que Meder, solo el bar del Centro Cultural de Entenza daba un respiro a los también pocos habitantes de la parroquia. Ni una zona de sombra, ni viviendas preparadas para un calor asfixiante y con obras en gran parte de sus calles. Algunos se preguntaron cómo pudieron completar su trabajo los operarios a pleno sol. Los que afortunadamente disfrutaban de vacaciones en ese infernal inicio de julio pudieron escaparse a hábitats más frescos. Lo que tuvieron menos fortuna, solo les quedó rezar para que la ola de calor no durase más días. “No aguantaré otra así. Que no vuelva a pasar más este verano”, señaló un vecino de Entenza.

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