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San Miguel de Celanova es una joya del arte mozárabe en Galicia. Fechado en el siglo X, se supone que fue un oratorio funerario en memoria de Froila, el hermano de San Rosendo. Declarado Monumento Nacional en 1923, es la única edificación que se conserva de la fundación del monasterio. Pero con todo, es algo más. San Miguel de Celanova es un lugar sagrado. Así lo afirmó ayer Xosé Benito Reza, ingeniero de montes jubilado y escritor, que presentó “Ciencia y misterio en Celanova”, donde recoge más de 30 años de investigación sobre el templo prerromático.
Invitado por el Ateneo Atlántico, habló sobre su descubrimiento sobre el efecto lumínico que genera al amanecer el sol cuando sale por detrás del monte de San Ciprián. Los primeros rayos se cuelan por el orificio de la fachada oriental de la capilla y salen por el oeste, dejando el efecto visual de una esfera con seis picos. Esto solo sucede en los equinocios.
Para Benito Reza, esta relación cósmica del templo está vinculada a las líneas de luz y a las sendas del dragón, vinculadas al culto de San Miguel y de San Ciprián. Un culto que antecede al cristianismo, tal y como probaría la gran roca, “posible altar”, que quedó al descubierto en los años 80, en las inmediaciones de San Miguel y que también está dirigido al monte. “La Iglesia no inventó un lugar nuevo, sino que fue a donde ya iban los fieles y peregrinos a adorar al sol y a las estrellas”, afirmó en declaraciones a Atlántico, poniendo en valor que “seguimos yendo allí, al lugar donde se forjó este mito”.
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